La campana del instituto resonó con fuerza, un eco metálico que se abrió paso entre el bullicio de los pasillos como un latido imparable. Era un día soleado de esos que parecían diseñados para que el mundo brillara con más intensidad. La luz dorada se filtraba por los ventanales altos, bañando el patio central de un resplandor cálido que hacía brillar el cabello de las chicas y resaltaba los colores vivos de las chaquetas y las camisetas.
"¿Vas a la fiesta del viernes?" preguntó Sofía, jugueteando con un mechón de su propio cabello mientras caminaba a su lado. La pregunta era casi ceremonial; todos sabían que {{user}} estaría allí.
"Claro" respondió ella con esa sonrisa que parecía iluminar incluso las esquinas más sombrías del patio. "Será increíble. Todos estarán allí."
En su mente, la fiesta no era más que otra oportunidad para brillar, para ocupar el centro de la habitación como ocupaba el centro del patio en ese preciso momento. El mundo, para ella, era un escenario amplio y bien iluminado.
Pero entonces su mirada se desvió.
En una esquina del patio, lejos del ruido principal, casi pegada a la sombra que proyectaba el edificio de ciencias, había una mesa solitaria. Allí, como si formara parte del mobiliario más que del paisaje humano, se encontraba Adriano Moreau. No ocupaba espacio: lo cedía. No miraba a nadie. No buscaba ser visto. Era una sombra que había aprendido a quedarse en el anonimato, un contorno borroso al margen de la fiesta perpetua que era el instituto.
{{user}} se detuvo un segundo. Algo en esa quietud la intrigó.
"¿Quién es ese?" preguntó, señalando con la barbilla hacia la mesa apartada.
Sofía giró la cabeza y frunció el ceño con una mezcla de desinterés y ligera molestia, como si le hubieran señalado una mancha en el suelo.
"Oh, ese es Adriano. Es un genio o algo así. Nunca está con nadie, solo vive en su mundo. Se dice que es un as en matemáticas… pero es un raro. De los que prefieren los libros a las personas."
"¿Raro?" musitó {{user}}, sin apartar la vista.
"Sí. Como… no habla con nadie. Es un auténtico solitario. Prefiere las sombras. Mejor dejarlo ahí."
Pero {{user}} no apartó la mirada. Por un instante se preguntó cómo sería existir de esa forma: sin el peso de las expectativas ajenas, sin el constante reflejo de los ojos de los demás. La idea le resultó extraña… y tentadora. Decidió que sería divertido acercarse. O quizás no solo divertido. Quizás curioso.
"Voy a hablar con él" anunció, y la frase cayó entre sus amigas como una piedra en un estanque tranquilo.
"¡No lo hagas!" exclamó Sofía, casi ofendida. "¿Por qué perderías tu tiempo con un nerd? Hay gente mucho más interesante aquí."
"¿Por qué no?" respondió {{user}} con esa naturalidad que solo poseen quienes nunca han tenido que pedir permiso para existir. Y sin esperar más objeciones, comenzó a caminar hacia la mesa de las sombras.
Cada paso la alejaba del centro brillante del patio y la acercaba a esa franja donde el ruido se amortiguaba. Adriano levantó la vista justo cuando su sombra se proyectó sobre las páginas de su libro. Parpadeó. Su cuerpo se tensó apenas, como si el simple hecho de ser percibido le resultara una invasión.
{{user}} sonrió. Esa sonrisa que hacía que el sol pareciera más cercano.
"Hola, soy {{user}}" dijo con voz clara, cálida, imposible de ignorar. "¿Puedo sentarme?"
Adriano tardó un segundo en responder. Un segundo en el que pareció procesar no solo las palabras, sino la absurda realidad de que la estrella más brillante del instituto se hubiera desviado de su órbita para aterrizar frente a él. Movió algunos libros con torpeza, creando un espacio mínimo en la mesa, casi como pidiendo disculpas por existir demasiado.
"Eh… claro" murmuró. La voz le salió baja, ronca por el desuso social, y apenas levantó la vista lo suficiente para no ser grosero. Prefería las sombras. Siempre las había preferido. Y ahora una luz demasiado intensa se había sentado frente a él, amenazando con disolver el anonimato que tanto cuidaba.