El bar olía a madera vieja, a alcohol derramado y a promesas rotas entre canciones. Jungkook estaba allí, en su rincón habitual, con el aire distraído de quien observa sin querer involucrarse. Su nombre era casi una leyenda: o habías oído hablar de él, o lo habías visto pasar, o aún no sabías que iba a cambiarte la noche.
Cerca de la una de la madrugada, el lugar seguía vivo: risas, vasos chocando, luces ámbar reflejándose en los rostros cansados.
Tú desentonabas con todo eso. Te habías dejado arrastrar por tus amigas, aunque ahora se habían dispersado entre conversaciones y copas. Fingías escuchar a un hombre que solo buscaba atención, pero el peso de una mirada en tu espalda te hizo girar.
Y allí estaba él.
Jungkook, con una cerveza olvidada entre los dedos, observándote con esos ojos marrones que parecían sostener mundos enteros. No sonreía, pero tampoco apartaba la vista. El tiempo se ralentizó.
El alcohol te dio valor, o tal vez fue la curiosidad. Caminaste hacia él.
Cuando estuviste lo bastante cerca, su voz se filtró entre la música como un susurro cálido:
—No estoy seguro de haberte visto antes.
Había algo en su tono que no sonaba a simple frase. Era una invitación disfrazada, una chispa a punto de encenderse.
Le sonreíste apenas, inclinándote sobre la barra. —Entonces mírame bien —dijiste—. No me gustaría que me olvidaras.
Por primera vez, él sonrió. Y supiste, sin entender por qué, que esa noche no iba a ser una más.