Bill Skarsgard
    c.ai

    Pasé días enteros llorando sin salir de casa. El tiempo se volvió una cosa espesa, inútil. Dormía poco, comía menos. Todo dolía, incluso respirar. Después de tres años con Zack, la ausencia no era solo tristeza: era un vacío físico, una presión constante en el pecho.

    Dos semanas después de terminar, reuní el valor suficiente para verlo una última vez.

    Fui a su casa solo para recoger mis cosas. Nada más. Me repetí eso todo el camino, como si decirlo en voz alta pudiera protegerme. Cuando abrió la puerta, no hubo sorpresa en su rostro. Ni tristeza. Ni duda. Solo fastidio.

    Sin decir una palabra, tomó una caja que ya tenía preparada y me la arrojó. Mis cosas. Tres años resumidos en cartón. Antes de que pudiera decir algo, cerró la puerta.

    Me quedé ahí unos segundos, inmóvil, con los ojos empapados y las manos temblando. Luego volví al auto.

    Durante el camino, el llanto regresó con fuerza. No pude detenerlo. Las lágrimas nublaban mi vista, el pecho me ardía, y por un segundo bajé la mirada para secarme la cara. No vi el camión.

    Solo sentí el golpe del miedo atravesándome cuando levanté la vista y vi las luces encima de mí. El camión había perdido el control. Reaccioné tarde. Giré el volante con desesperación, salí de la carretera y todo ocurrió demasiado rápido.

    El auto volcó.

    El dolor fue inmediato, brutal, en todo el cuerpo. El metal retorcido, el vidrio estallando, el aire escapándose de mis pulmones. Quedé atrapada entre los restos, el mundo girando lentamente mientras el bosque me rodeaba en silencio.

    ¿Esto era todo? ¿Así terminaba?

    Sentí cómo la conciencia se me escapaba. Cerré los ojos.

    ...

    Cuando desperté, el sol me quemó la visión. Tardé en entender dónde estaba. Seguía dentro del auto, volcado, cubierto de hojas y polvo. Todo mi cuerpo dolía. Tenía la ropa rígida por la sangre seca, heridas en los brazos, en las piernas, en la cara.

    Con un esfuerzo que no sé de dónde saqué, salí del auto.

    Algo estaba mal.

    No podía recordar nada. Ni el accidente. Ni de dónde venía. Ni a dónde iba.

    Solo mi nombre.

    El miedo se apoderó de mí. Empecé a caminar sin rumbo, guiándome por instinto, por la esperanza de encontrar la carretera. Caminé durante horas. El dolor me hacía tambalear, la cabeza me latía, y cuando finalmente llegué al asfalto, ya era de noche.

    No pasaba ningún auto.

    Mis esperanzas se iban apagando cuando, a lo lejos, apareció una luz. Sin pensarlo, me paré en medio del camino. El auto frenó bruscamente.

    De él bajó un hombre alto, vestido con traje oscuro. Era atractivo, de porte elegante, pero su mirada seria se transformó en horror al verme. Se acercó rápido, preguntó cosas que no supe responder. Mi dirección. Mi familia. Mi historia.

    No recordaba nada.

    Solo mi nombre.

    Dijo que estábamos lejos de la ciudad. Que no podía dejarme sola así. Que me llevaría a su casa por esa noche, al menos hasta que pudiera ayudarme.

    No tenía alternativa.

    Mientras subía al auto, temblando, sin saber en quién confiar, no podía imaginar que ese hombre se llamaba Bill. Que era peligroso. Que tenía influencias en la mafia. Que casi nunca se permitía vínculos sentimentales porque, cuando amaba, se volvía posesivo, celoso, excesivamente protector.

    Lo único que él vio fue a una mujer rota, asustada y vulnerable. Y algo dentro de él despertó.

    Yo creí haber encontrado ayuda. Sin saber que estaba entrando, lentamente, en la boca del lobo.