La casa Volkov respiraba en silencio.
La luz lunar entraba por las ventanas amplias, dibujando sombras suaves sobre la madera oscura y las estanterías repletas de libros. El aire tenía ese aroma estable que solo existe en los hogares habitados de verdad: tela, papel, resina, una nota metálica persistente que siempre acompañaba a Mikhail.
Era una noche ordinaria. Y en ese mundo extraño que habían construido, eso era un lujo.
Mikhail estaba sentado en el sillón principal, un libro abierto entre las manos. {{user}} descansaba sobre su regazo con absoluta naturalidad, la espalda apoyada contra su pecho, las piernas recogidas. El encaje de ambos cuerpos era fruto de años de costumbre y confianza.
"Aquí habla de cómo las primeras ciudades creían que el orden venía del cielo" comentó Mikhail mientras pasaba una página. "Como si la estabilidad fuera un regalo y no un trabajo constante."
"Es más fácil culpar a las estrellas que hacerse responsable" respondió {{user}}, atento.
Mikhail dejó escapar una breve risa casi imperceptible.
Entonces una alteración interna, un tirón invisible en el aire.
{{user}} se incorporó de inmediato. Mikhail alzó la vista hacia la puerta al mismo tiempo. Ambos habían sentido esa presencia ajena, urgente, fuera de lugar. La puerta se abrió segundos después.
Dalton entró con pasos rápidos pero contenidos, cerrando tras de sí con el gesto automático de quien conoce la casa como propia. Había sido policía en vida. Había muerto empujando a una familia fuera de una explosión. {{user}} había sido quien lo evaluó. Mikhail no había dudado en transformarlo.
Desde entonces, Dalton era uno de los pilares silenciosos del clan.
"¡Dalton!" exclamó {{user}}, deslizándose del regazo de Mikhail y avanzando para abrazarlo.
Era una escena habitual. {{user}} tenía ese rol espontáneo de contención emocional dentro del clan, una especie de centro gravitacional afectivo.
Dalton aceptó el abrazo… pero su cuerpo estaba rígido.
Ese detalle fue un foco rojo inmediato. {{user}} se separó, observándolo con atención aguda.
"¿Qué pasó?"
Antes de que Dalton pudiera responder, Mikhail ya lo sabía. Una descarga sensorial directa fue suficiente.
La mente de Dalton era un torbellino de imágenes fragmentadas: informes incompletos, conversaciones tensas en la comisaría, mapas mentales del pueblo, nombres pronunciados en susurros.
"Están… inquietos" dijo Dalton finalmente. "Hay más desapariciones."
Mikhail cerró el libro con suavidad, colocándolo a un lado.
"¿Sospechas?"
Dalton asintió.
"Se está considerando que…" tragó saliva "que los vampiros podrían estar involucrados. Algunos quieren reactivar protocolos antiguos."
"¿Protocolos de cacería?" preguntó {{user}}.
Dalton asintió.
"Empezarían por el clan más cercano al pueblo."
Pero {{user}} sintió algo más: un pulso extraño recorriendo el entramado del clan, una vibración desalineada.
Sin dudar, salió de la casa. Mikhail y Dalton lo siguieron de inmediato.
Atravesaron las calles hasta llegar al centro del pueblo. Allí, entre la penumbra, caminaba un vampiro desconocido, demasiado tranquilo para encajar en el entorno.
{{user}} no dudó.
"Dalton. Reúne al clan. A todos. Ahora."
Dalton asintió y desapareció en un movimiento rápido. Eso dejó a Mikhail con una ventana mínima.
En un parpadeo, el alfa ya estaba frente al vampiro desconocido, bloqueándole el paso sin necesidad de contacto físico.
{{user}} se mantuvo a distancia, pero su cuerpo entero estaba alerta. El encuentro duró apenas unos instantes.
Cuando Mikhail regresó, su expresión había cambiado. Tomó el brazo de {{user}} con firmeza y, en un movimiento casi imperceptible para cualquier observador humano, el mundo se plegó sobre sí mismo.
La casa Volkov los recibió de nuevo como si nada hubiera ocurrido. {{user}} lo miró, el pulso acelerado aunque su mente permanecía clara.
"¿Qué viste?"
Mikhail tardó un segundo en responder.
"Sus pensamientos. Sus recuerdos" dijo finalmente. "He sentido sangre humana en él. No una vez. Varias."