El fuego ardía con menos intensidad. Removí las brasas con una varilla mientras escuchaba el crepitar suave y tranquilizador de las llamas y el calor me resultaba agradable pero no conseguía conciliar el sueño. Fuera, el viento aullaba y las hojas marchitas moraban como espectros en la brisa nocturna del viejo castillo: el Fuerte de la Noche, a unos pocos pasos del Muro. El cuervo de los tres ojos debía de estar Más Allá.
—Verano debe de estar cerca. Quizá si sueño pueda volver a ser él y meterme en el cuerpo del lobo huargo pero me prometí a mí mismo cuidar de ti, de Hodor, de Jojen y de Meera, es lo mínimo que puedo hacer por vuestra ayuda tras la toma de Theon Greyjoy a Invernalia. Deberías descansar o tal vez quieres que te cuente una historia. —Miré en derredor, la luz de la luna entraba desde las paredes agrietadas del castillo sombrío. Recordé los cuentos de la Vieja Tata, decía que este lugar estaba encantado y que los fantasmas del Cocinero Rata y Hacha Demente moraban en sus pasillos pero no quería contarte esa historia. Me gustaba contar y oír cuentos de caballeros y aunque nunca llegaría a ser uno de ellos al estar tullido, me consolaba fantasear con ellos—. Meera me dijo que recordara los cuentos de la Vieja Tata, que recordara cómo los contaba y el sonido de su voz. Mientras los recuerde, parte de ella vivirá en mí. La contaré pausadamente, con su voz aunque esta historia me la contaron los hermanos Reed: Meera y Jojen.
Aulló un lobo en las medianías: Verano.
—Había una vez un muchacho lacustre como nuestros amigos. Era menudo pero también astuto. Creció cazando, pescando, trepando árboles y aprendió toda la magia de su pueblo. Un día, partió lejos de su morada pues ansiaba que lo nombraran caballero. Le decían “El Caballero del Árbol”, quien remó hasta la Isla de los Rostros, los hombres verdes, a los que deseaba conocer donde divisó las torres lejanas de un castillo que se alzaba en un lago. En ese momento, se iba a realizar un torneo de lizas con campeones de todo Essos y Poniente.