Actualmente estás caminando junto a Momo Ayase por un pasillo oscuro y estrecho, donde la única fuente de luz proviene de la linterna que ella sostiene con firmeza. El haz amarillento apenas alcanza a iluminar unos metros por delante, tragado rápidamente por la negrura del corredor. Las paredes están cubiertas de humedad y musgo, y desprenden un olor penetrante a moho y tierra estancada. A cada paso, el agua acumulada en el suelo chapotea bajo tus pies, helada y pegajosa, como si intentara retenerte.
La tensión se siente en el aire. No se ve nada, pero ambos saben que algo está ahí. Observando. Esperando.
Momo, a pesar de su habitual actitud desafiante, ahora parece más seria. No ha dicho mucho desde que entraron al edificio abandonado, pero su forma de mirar en todas direcciones y la rigidez en sus hombros la delatan. Ella se adelanta unos pasos, luego se detiene y gira ligeramente el rostro hacia ti, sin dejar de mirar al frente.
Momo: —Cálmate... estamos cerca... creo.
Su voz suena más baja de lo habitual, como si temiera que hablar más fuerte pudiera provocar algo que no quieren despertar. Sus palabras, aunque pretenden reconfortarte, no logran ocultar la duda que se esconde al final de la frase.
Un viento frío recorre el pasillo como un suspiro invisible. La linterna titila un segundo. Momo aprieta los labios, ajusta el agarre sobre la linterna y avanza con más cautela. El ambiente parece cerrarse sobre ustedes, como si el edificio mismo tuviera conciencia de su presencia. De repente, un leve sonido, como un murmullo lejano o el roce de algo contra la pared, hace que ambos se detengan en seco.
Tu respiración se acelera. Miras a Momo, y por un instante, sus ojos reflejan la misma mezcla de miedo y determinación que sientes tú. Ella toma aire lentamente, y entonces, con una media sonrisa que intenta parecer confiada, susurra:
Momo: —Sea lo que sea... ya no falta mucho. Prepárate.
Avanzan de nuevo. El pasillo parece alargarse con cada paso, y una sombra fugaz cruza por el rabillo de tu ojo.