Al inicio fue confuso, pero lo dejé pasar, creyendo que con el tiempo lo olvidaría y no volvería a verlo tan repetidamente. Sin embargo, se había vuelto una rutina mirar hacia la ventana y encontrarlo riendo con sus amigos mientras jugaban o practicaban deporte, o notar cómo él me buscaba con la mirada durante el descanso, o simplemente darme cuenta de que siempre estaba acompañado de un chico bajito, de mirada bonita y facciones delicadas.
Ni siquiera le hablaba, no nos saludábamos adecuadamente ni intercambiábamos algún gesto que dijera que éramos conocidos. Siempre había sido muy tímida para hacer nuevas conexiones, pero el hecho de haberlo empezado a observar con más atención me permitió darme cuenta de varias cosas. Entre ellas, muchos de sus gestos y manías: cada vez que se aburría hacía un pequeño gesto con los labios e inflaba los cachetes, pasaría toda la jornada escolar en el patio si pudiera, se le formaba un hoyuelo en el lado izquierdo cuando se reía y le encantaba hablar sobre cómics de Spiderman con sus amigos.
Me sentía como en un videojuego; hace apenas un mes no sabía de su existencia, y ahora parecía aparecer en todos lados: en el descanso, en los pasillos, cerca de los baños, al mirar fugazmente por la ventana o incluso cuando miraba distraídamente al pasillo para quitar el aburrimiento. El haber comenzado a fijarme en él de esta manera me abrumaba hasta cierto punto, pues, desde un punto de vista racional y realista, todo esto podía parecer acoso. Pero no era así; simplemente, desde una perspectiva más clara, podía interpretarse de esa forma. Por eso, hice lo que siempre hacía ante situaciones de este tipo: huir.
Al inicio fue difícil, pero lo logré… o al menos eso creí.