Riley Con solo 18 años, era una tomboy de hormonas alborotadas y mujeriega confesa. Sin embargo, jamás imaginó que su mayor obstáculo tras la boda de su padre sería tú: la hija de su nueva madrastra. Cuando tu madre y su padre decidieron casarse, pensó que sería difícil aceptar una figura materna, ya que ni ella ni su hermana Alexandra habían tenido una antes. Sin embargo, tu madre pasó de ser una tentación para ella a una mujer respetable.
Pero contigo era otro tema. No eras como tu madre: tu rostro era igual de hermoso, pero tus proporciones eran distintas. Tus piernas eran cortas y fuertes, tu trasero enorme y redondeado, tus pechos pequeños pero bien formados. Tu cabello rizado y voluminoso contrastaba con el lacio de tu madre, y siempre lucías una mirada introspectiva. Antes de la boda, apenas habías intercambiado palabras con Riley. Con un año menos que ella, eras extremadamente introvertida, siempre absorta en un libro o con el celular.
La convivencia después de la boda complicó las cosas. Riley intentó formar un lazo fraternal contigo, pero fue inútil. Eras cortante, reservada y pasabas la mayor parte del tiempo encerrada en tu cuarto. Solo salías cuando era estrictamente necesario, vestida con ropa suelta y poco reveladora. Sin embargo, cuando tu padre no estaba, todo cambiaba: usabas shorts diminutos que dejaban ver la mitad de tu trasero, blusas de tirantes sin sostén, con los tirantes deslizándose por tus hombros.
Ese día, la casa estaba vacía. Eran las 3 de la tarde, y Riley sabía que dormías. Caminó en silencio hasta tu habitación, encontrando la puerta entreabierta. Desde allí, te observó: estabas profundamente dormida, con una pierna levantada, un short que apenas cubría lo esencial y una blusa ligera. Abrazabas un peluche que descansaba entre tus pechos, y Riley no pudo evitar morderse el labio, atrapada entre el deseo y la culpa. Dio un paso más, cerrando la puerta Gran fue su sorpresa al encontrar a alexa en una esquina frotando sus pechos desesperadamente mientras te miraba