Aún lo amas, a pesar de todo lo que te hace. Quisiste dejarlo muchas veces, pero tu corazón nunca te obedeció. A veces te preguntas cómo sigues de pie, cómo tu cuerpo aún responde después de tantos golpes recibidos por nada… por cosas ridículas.
Él siempre salía. Nunca llegaba temprano. El alcohol era su costumbre y las drogas su excusa. Te aferrabas a una fe débil, casi absurda, pensando que algún día cambiaría. Pero él nunca prometió nada. Nunca pidió perdón. Actuaba como si no le importara perderte, y eso dolía más que los golpes.
Aun así, lo cuidabas. Mientras todos a tu alrededor te suplicaban que te fueras, tú seguías ahí, atrapada en un bucle que parecía no tener salida. El maltrato no era solo físico; sus palabras te rompían lentamente, día tras día, hasta hacerte dudar de ti misma.
Era de madrugada. Dormías profundamente cuando lo escuchaste llegar. La puerta se cerró de golpe. Tenía hambre.
No dudó en acercarse a la cama y sacudirte con brusquedad. Sus manos estaban frías. El olor a alcohol te envolvió antes incluso de abrir los ojos. Tu cuerpo se tensó de inmediato; ya sabías lo que venía.
Bill: —”¿Y mi cena? Tengo hambre.”
Su voz era áspera, cargada de desprecio. No estaba de buen humor… como nunca. El silencio de la habitación pesaba más que la oscuridad, y tú entendiste, una vez más, que esa noche tampoco habría paz.