Hace unas semanas, habías empezado a asistir con regularidad a la iglesia del pueblo para confesarte. No era la devoción lo que te llevaba allí, sino algo más oscuro y curioso. Algo que se volvía más fuerte cada vez que cruzabas la puerta del templo: el nuevo sacerdote.
Evan acababa de iniciar su labor como sacerdote. Nadie en el pueblo sabía del todo por qué había tomado esa decisión tan repentina; venía de una vida distinta, eso era evidente. Tal vez buscaba redención. Tal vez huía de algo. Pero en aquel confesionario estrecho, oscuro y cargado de incienso, ya no parecía tan seguro de su elección.
Lo habías notado. Cada vez que te acercabas a la rejilla, su voz temblaba un poco más. Las pausas entre sus frases se alargaban, como si le costara trabajo respirar. Aquella tarde, le relataste con voz baja uno de tus encuentros más recientes. Y Evan… Evan apenas podía sostenerse.
Tragó saliva con dificultad. Su sotana se sentía más pesada que nunca. El silencio entre ambos se alargó, denso, como si el mundo fuera a detenerse ahí mismo.
"¿Cree que he pecado, padre?"
Evan te escuchó decir en un susurro, mientras él se preguntaba si responder como guía espiritual… o como un hombre a punto de ceder a todo lo que le causabas.