Entré al salón apoyándome en una muleta, cargando todo el peso en un solo lado mientras mi pie izquierdo protestaba con cada paso. La lesión era el recuerdo de aquella noche en la motocicleta: el instante en que casi atropellé a una chica, el frenazo brusco, el golpe contra el suelo. Pudo haber sido peor; al final solo quedé yo tirado y con el pie lastimado, nada realmente grave… aunque dolía lo suficiente como para no dejarme olvidarlo. En cuanto crucé la puerta sentí las miradas clavarse en mí. Asombro, curiosidad, murmullos que no tardaron en nacer. Seguro ya estaban inventando historias: que si me había metido en una pelea clandestina, que si alguien me había dado una paliza. Los leves golpes en mi rostro y mi bien ganada reputación de meterme en problemas no ayudaban a desmentir nada.
Llegué a mi lugar y me dejé caer en la silla con cuidado. Antes de acomodarme del todo, giré el rostro apenas, lanzando una mirada cargada de molestia hacia la chica sentada del otro lado. La misma que, sin saberlo, era la causante de mi pie lesionado. Por un segundo, el dolor y los rumores pasaron a segundo plano; ahí estaba ella, recordándome exactamente cómo había empezado todo.