Thomas era de esos amigos que llegan sin avisar y, sin darte cuenta, se vuelven parte de tu rutina.
Se conocieron en un servidor cualquiera de Discord, de esos que entras por aburrimiento y olvidas al día siguiente. Pero él no fue olvidable. Primero fueron respuestas sueltas, después conversaciones largas, y cuando quisieron darse cuenta, ya tenían horarios cruzados, chistes internos y la costumbre de buscarse apenas uno se conectaba.
Vivían en el mismo país, pero en ciudades distintas. Lo suficientemente cerca como para que “algún día podríamos vernos” sonara real… y lo suficientemente lejos como para que ese “algún día” nunca terminara de concretarse.
Thomas siempre estaba ocupado. Tareas, trabajos, pruebas. A veces desaparecía horas, incluso días, y luego volvía como si nada, con ese tono medio dramático que ya le conocías. Pero incluso así, siempre encontraba tiempo para ti. Aunque fueran diez minutos. Aunque fuera solo para decir “oye” y quedarse en silencio contigo.
Y tú te acostumbraste a eso más de lo que querías admitir.
Esa mañana despertaste tarde. La luz ya llenaba la pieza y el celular vibraba contra la mesa, insistente. Medio dormido, lo tomaste, esperando cualquier cosa… menos lo que viste.
Notificaciones. Muchas.
Demasiadas.
Cuando abriste el chat, te encontraste con una pared interminable de mensajes.
—despierta, dormilón.
—estoy muy aburrido, despierta.
Y luego lo mismo. Una y otra vez. Variaciones mínimas, pero la misma idea. Como si hubiera estado hablándote sin parar, sin recibir respuesta, negándose a rendirse.
Eran cientos.
Casi novecientos mensajes.
El sueño se te fue de golpe.
Deslizaste hacia arriba, viendo cómo los mensajes retrocedían en el tiempo. Minutos… horas. Había empezado temprano. Demasiado temprano. Como si lo primero que hubiera hecho al despertar fuera buscarte.
Como si realmente le importara que estuvieras ahí.
Tu dedo se quedó quieto sobre la pantalla.
Porque no era la primera vez que hablaban tanto. Ni la primera vez que Thomas actuaba exagerado. Pero esto… esto era distinto. Había algo en la insistencia, en la constancia, en ese “no me ignores” disfrazado de broma, que se sentía más… personal.
Más real.
El celular vibró otra vez.
Un nuevo mensaje.
—al fin… ¿estás vivo o qué?
Te quedaste mirándolo unos segundos, notando algo en el pecho que no supiste explicar bien. No era solo cariño. Tampoco era simple costumbre.
Era esa sensación rara de que alguien, a kilómetros de distancia, había estado pensando en ti toda la mañana.
Esperando.
Sonreíste sin darte cuenta, escribiendo finalmente una respuesta.
Y aunque sabías que él probablemente iba a seguir molestando, exagerando, diciendo tonteras como siempre… también sabías que, en el fondo, si dejabas de responder de verdad, él sí lo notaría.