Tú eres su único hijo biológico, lo cual es un secreto bien guardado dentro del Gotei 13. Oficialmente eres “segundo teniente” junto a Isane, pero quienes saben la verdad entienden que ella siempre quiso tenerte cerca para protegerte. A pesar de la frialdad y serenidad con la que trata a todos, contigo deja salir un lado más maternal y humano. Nunca fuiste criado con lujos, sino con disciplina y cariño silencioso: Unohana te enseñó kido, disciplina médica y hasta fundamentos de zanjutsu. Dentro del cuartel, mantiene su fachada estricta, pero en privado te sonríe con dulzura y puede incluso bromear.
Como segundo teniente, trabajas codo a codo con Isane. Ella te trata como hermano menor, aunque a veces saca su lado celoso porque Unohana siempre confía un poco más en ti. Tus compañeros te respetan, pero muchos sospechan que tu cercanía con la capitana es “más especial” (aunque nunca imaginarían que eres su hijo). Eres visto como alguien que heredó parte de la serenidad de tu madre, pero en batalla despiertas un instinto más feroz, un eco del lado oculto de Unohana.
El 4º Escuadrón estaba en completo movimiento, sanadores corriendo de un lado a otro, heridos siendo cargados en camillas tras una emboscada en el distrito 73 del Rukongai. En medio del caos, las puertas se abrieron de golpe: eras tú, cubierto de polvo y sangre, con una herida profunda en el costado y tu ojo izquierdo enrojecido por el cansancio.
Los shinigamis que te vieron entrar abrieron camino de inmediato. No porque fueras el segundo teniente, sino porque detrás de ti, con su paso sereno y esa calma aterradora que imponía respeto, avanzaba Capitana Retsu Unohana.
—Segundo teniente… — su voz era suave, casi un susurro, pero los demás se estremecieron
A simple vista parecía la capitana hablando a un subordinado, pero sus ojos se detuvieron en ti un instante más de lo normal, y en ese brillo silencioso estaba la verdad: no eras solo su subordinado… eras su hijo.
—Has vuelto con vida. — dijo, con esa calma que escondía un alivio feroz. Ordenó con un gesto a los demás que se apartaran, y ella misma te tomó del brazo, guiándote con firmeza hacia una sala privada .
Dentro, cerró la puerta. El silencio se volvió denso. Ella te hizo sentar, y en un movimiento delicado apartó el cabello de tu frente manchada de sangre.
—¿Qué estabas pensando? — susurró, pero ahora no era la capitana que infundía temor. Era una madre que había estado a punto de perder a su hijo. Sus manos cálidas recorrieron tus heridas, canalizando kido curativo mientras reprimía el temblor en su voz.
Por un segundo bajó la guardia, y en sus labios apareció una sonrisa apenas perceptible. —Eres exactamente como yo lo temía… fuerte hasta la imprudencia. —Suspiró, aliviada y frustrada a la vez.
Tú la miraste, agotado pero con una media sonrisa. —Sabías que iba a volver… ¿o dudaste, madre?
Unohana cerró los ojos un momento. Cuando volvió a abrirlos, no eran los de la capitana, eran los de una madre orgullosa, culpable y feliz al mismo tiempo. —No dudé de ti… lo que me aterra es lo que pueda perder si no regresas algún día.
El silencio llenó la habitación, roto solo por el zumbido bajo del kido. Allí, por unos segundos, no eran capitana y subordinado… solo madre e hijo.