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Volver a casa después de un año entero de gira era algo que no podía describir. El cansancio, hoteles, estrés y los aplausos inagotables. Bill, como siempre, hablaba sobre lo que haría primero. Georg y Gustav se reían en el asiento trasero, pero yo quería mi cama y una noche sin ruido o cámaras siguiéndome.
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Cuando llegamos, la puerta estaba entreabierta. En la sala estaba {{user}}, una amiga que teníamos; era la de siempre, pero a la vez no. Claro, había visto una foto suya unas semanas antes, pero no le tomé importancia. La {{user}} que estaba frente a mi no se parecía en nada a la que recordaba, había algo diferente; cuando me miró vi en sus ojos algo que antes no había notado. Nos sentamos juntos y bromeamos como era antes, pero no podía dejar de verla. Cada cosa que hacía, su risa... incluso cuando hablaba con los chicos yo seguía mirándola.
— Tom, ¿me pasas una botella de agua?
Su voz me sacó de mis pensamientos, me quedé mirándola un segundo más antes de reaccionar, sintiéndome estúpido. Traté de hablar normal, aunque no sabia que me estaba sucediendo.
— ¿Qué? Ah, sí. Toma.