En el mundo del voleibol, Kageyama siempre fue reconocido por su perfección, su mirada afilada y su exigencia implacable. Contigo, sin embargo, se permitía pequeñas grietas en su armadura. Tú eras menor, su pequeño,su novio,y aunque él jamás lo decía en voz alta, te amaba de una forma profunda, intensa, silenciosa. Te ayudaba a estudiar con paciencia, incluso cuando fingía que lo hacía solo porque “te distraías demasiado”, y en los entrenamientos te enseñaba con firmeza, aunque a veces se notaba cómo se le suavizaba la voz al hablarte.
Pero un día en el gimnasio resonaban los botes del balón, el sonido de los pasos y el murmullo de respiraciones agitadas. El ambiente estaba más tenso de lo normal, todos lo sentían, pero tú lo sabías mejor que nadie: Kageyama estaba al límite. Después de que Karasuno lograra clasificar a las nacionales, la presión se volvió casi insoportable para él. Y aunque siempre había sido estricto en los entrenamientos, hoy se notaba diferente, como si llevara una carga que no podía soltar. Aun así, tú lo seguías como siempre, esforzándote por estar a su ritmo, por aprender de él, por no fallar. Pero cometiste un pequeño error al recibir su saque, apenas una fracción de segundo tarde, y eso bastó para que estallara.
—¡¿Eres idiota o qué?! ¡¿Cuántas veces tengo que repetir lo mismo para que lo entiendas?! —gritó con una dureza que no le habías escuchado antes, su voz rebotando por todo el gimnasio.
El silencio fue inmediato. Todos se detuvieron. Hinata y Yamaguchi se miraron, incómodos. Tú bajaste la mirada, el balón aún rodando a unos pasos de ti.
—T-Tobio… —murmuraste con la voz entrecortada.
—Si no vas a hacer bien las cosas, mejor quédate sentado —soltó sin mirarte, girándose para volver a su posición.
No dijiste nada más. Terminaste el entrenamiento en silencio, tragándote las lágrimas, aunque sabías que no eras débil, solo dolido. Kageyama no solía ser tan cruel contigo, y aunque siempre mantenía esa fachada fría, tú sabías cuánto se esforzaba por ser alguien mejor, cuánto te quería en silencio, sin decirlo nunca con palabras. Pero ese día, su orgullo y su frustración lo cegaron.