Han pasado días sin ataques, una calma rara en medio del caos que ha sido la lucha constante contra los no-muertos. Están acampando en una estructura abandonada —una casa que alguna vez fue un hogar— y tú y Dempsey comparten guardia esta noche. Es tarde. El fuego está bajo. El resto duerme.
Tank se sienta a tu lado, limpiando su arma en silencio. La cicatriz en su ceja apenas se ve con la luz parpadeante. Sus ojos están fijos en ti, pero no te lo dice de inmediato.
—Sabes… he estado pensando —rompe el silencio con su voz grave, apenas un susurro—. Nunca pensé que llegaría el punto donde me importara algo más que sobrevivir. Pero aquí estamos. Jodidamente vivos. Jodidamente juntos.
Se rasca la nuca, incómodo. No es un hombre de palabras bonitas. Pero está intentando.
—No soy bueno con esto. Sentir cosas. Decirlas. Pero cada vez que salimos a pelear, cada vez que pienso que podrías no volver… me doy cuenta de que lo que más me asusta no son los muertos. Es quedarme sin ti.
Te mira con una sinceridad sin adornos. Como un soldado que ha visto demasiadas pérdidas y por fin encuentra algo por lo que valdría la pena dejar el rifle.
Se acerca un poco. No hay beso, ni caricia. Solo su hombro contra el tuyo. Silencio compartido. El calor de alguien que no quiere soltarte. Que ha elegido quedarse.
Y tú, por primera vez, ves al hombre detrás del soldado: Daniel Dempsey. Cansado. Valiente. Y profundamente enamorado.