La lluvia caía pesada sobre los boxes, ensordeciendo el aire con el choque de las gotas contra el pavimento y el rugido lejano de motores que calentaban antes de la carrera. La pista estaba convertida en una trampa mortal brillante, y tú avanzabas entre el caos, el agua resbalando por tu chaqueta ajustada y pegándose a tu torso marcado. Algunos mecánicos se apartaban cuando te veían; tu sola presencia atraía miradas, como siempre.
Dante estaba a unos metros, inclinado sobre el auto, ajustando sus guantes y revisando su casco. Su expresión era de absoluta concentración, fría, casi mecánica. Esa forma de ignorar el peligro como si no existiera. Te acercaste con pasos firmes, con irritación evidente.
Cuando llegaste a su lado, Dante apenas levantó la vista hacia ti, ladeando la cabeza. Su mirada era seca, cortante, como si hubieras interrumpido algo más importante.
—Llegas tarde —murmuró con desdén, sin dejar de colocarse el casco bajo el brazo—. Pero claro, ¿qué puedo esperar de alguien que tiene un séquito de fotógrafos pegados a la espalda?
Y justo entonces, como si la escena lo confirmara, un grupo de camarógrafos y fans que se habían colado a los boxes alzaron sus cámaras. Los flashes explotaron contra el reflejo húmedo del metal, capturando tu perfil perfecto, tu mandíbula firme, tu figura de “entrenador modelo”. Algunos gritaban tu nombre como si fueras una estrella de cine, y no un preparador de pilotos.
Dante apretó la mandíbula y soltó una risa seca, amarga. —Increíble. Yo estoy a punto de correr bajo una tormenta que puede matarme en la primera curva… y ellos solo quieren fotos de tu cara bonita. —Escupió esas palabras como si fueran veneno.
Tú trataste de acercarte más a él para hablar, pero Dante dio un paso hacia atrás, como si no quisiera ni tu sombra sobre la suya. Levantó la vista hacia ti, con la misma expresión fría que tenía al mirar a la pista. —¿Vas a darme un sermón ahora también? —preguntó, con una voz dura, sin rastro de interés—. Si quieres, hazlo frente a ellos, seguro les encanta ver cómo te preocupas por mí. Les darías el drama perfecto para sus fotos.
El ruido de los flashes volvió a molestar a Dante. Por un instante su ceño se frunció, la máscara de indiferencia casi quebrándose en irritación pura. Apretó los guantes con fuerza. —Maldición… ni siquiera puedo tener un minuto en paz sin que ellos te sigan como perros hambrientos.