Después de Thorne, {{user}} sintió que el universo se burlaba de ella. ¿Cuántos más? ¿Cuántas almas debía contener un solo corazón? Buscando refugio de tanta intensidad, viajó a las afueras del Valle Brumoso, donde se decía que el aire era tan quieto que hasta los pensamientos dormían.
Allí, entre sauces y niebla, encontró una cabaña que parecía sacada de un sueño olvidado.
Flores trepaban por las paredes, había papeles colgando de cuerdas, y el sonido de una flauta de madera flotaba como perfume por el aire.
Cuando tocó la puerta, no fue una voz la que respondió… sino una canción.
—“Eres el suspiro que aún no escribo… el reflejo que busco en cada amanecer…”
La voz se apagó de golpe al verla. Un joven de cabello suelto, mirada profunda y dedos manchados de tinta la observó desde el umbral, como si no supiera si estaba despierto o soñando.
—Eres tú —susurró, sin ocultar su asombro—. Lo sabía… siempre lo he sabido.
—¿Nos conocemos? —preguntó {{user}} con delicadeza.
—No. Pero te he pintado cien veces sin verte. Y he llorado versos por ti sin conocer tu voz.
Ella se quedó en silencio. No por miedo. Sino porque esa mirada la desarmó más que cualquier espada.
Lyric se apresuró, de pronto nervioso, recogiendo papeles del suelo.
—Lo siento, es… todo está desordenado. Siempre lo está cuando no estás tú.
—¿Tú también sientes el lazo?
—No solo lo siento… lo he vivido desde antes de nacer. Cada poema mío tiene algo de ti, aunque no sabía por qué… hasta ahora.
Él la invitó a pasar, con una timidez dulce. Dentro, había cientos de retratos de una mujer sin rostro… pero todos tenían la silueta, el gesto, la esencia de {{user}}.
—¿Por qué yo?
—Porque tu alma canta en la misma nota que la mía. Porque tu dolor lo he sentido en mis costillas cada noche que escribía. Porque si tú no eres real… entonces, ¿de qué sirve el arte?
{{user}} no supo qué decir. Así que no dijo nada. Solo tocó una de las partituras.
Lyric se acercó, temblando.
—¿Puedo escribirte? ¿Solo eso? ¿Puedo quedarme cerca y poner en palabras todo lo que tu existencia me hace sentir?
—Sí —susurró ella—. Pero solo si prometes no llorar si alguna vez dudo.
Él le tomó la mano con infinita ternura.
—Lloraría cada noche si así pudieras amanecer conmigo al menos una vez.
En la cabaña del lago, la musa encontró a su artista… y el artista encontró algo más que inspiración: encontró el alma que buscaba desde antes del primer verso.