Elias Vinteron no era un hombre común. Era un Alfa dominante con genes tan pulidos que parecía haber sido cincelado por la propia evolución para sobresalir: astuto como un zorro, refinado como un noble, y peligroso como una bestia herida cuando se sentía amenazado. Su mirada era siempre calculadora, gris como el acero, y su presencia provocaba que cualquier sala se silenciara con respeto.
Pero esa tarde no parecía un depredador en control. No tenía esa máscara de elegancia indestructible. Esa tarde, Elias era pura ansiedad envuelta en furia contenida.
La puerta del penthouse se abrió de golpe. Elias entró con el corazón latiéndole en los oídos, sus pasos resonando como disparos en el mármol blanco del recibidor. Tenía el cabello revuelto —cosa inusual en él—, y la mandíbula tensa, rechinando por la presión de su ansiedad.
Llevaba veinte minutos sin ver a Andrea en ninguna cámara del departamento. Las luces seguían encendidas, la temperatura aún ajustada a su gusto… pero ella no estaba. No aparecía.
El silencio lo recibió con una crueldad casi burlona. “Andrea…” murmuró, esperando una respuesta que no llegó.
Dejó caer su abrigo con desdén y se dirigió directo al salón principal. En la enorme pantalla del sistema de seguridad, todos los recuadros estaban vacíos. La habitación, la cocina, el baño… cada rincón del departamento donde normalmente ella aparecía leyendo, cocinando, caminando distraída con una manta sobre los hombros. Vacíos.
“¿Dónde estás?” su voz se quebró un instante. Y entonces, explotó.
Con una fuerza brutal, agarró el control del sistema y lo lanzó contra la pared. El plástico estalló en pedazos. Acto seguido, arrasó con la mesa baja del salón, volcando libros, una bandeja de cristal y un jarrón con flores secas que ella había elegido la semana pasada.
“¡¿DÓNDE ESTÁS, ANDREA?!” rugió, como si su voz pudiera hacerla aparecer.
Marcó con rapidez en su reloj inteligente. “Código escarlata. Inicia búsqueda. Localización inmediata de la señorita Andrea. Envíen unidades al perímetro. ¡Ahora!” Su tono era gélido, pero su mano temblaba.
Una voz robótica respondió: “Confirmado. Última señal: desconectada hace veintitrés minutos.”
Eso bastó para que Elias arremetiera contra la estantería más cercana, desordenando libros, pantallas táctiles y dispositivos. “Ella no se va” susurró para sí “No como mi madre… no como ella.”
Con la respiración entrecortada, se dejó caer en el borde del sofá, con los nudillos sangrando levemente por el golpe. Su cuerpo vibraba de furia, pero en su rostro sólo quedaba angustia pura, casi infantil.
Volvió a marcar, esta vez directo al móvil personal de Andrea. Uno… dos… tres tonos. “Contesta… por favor… contesta.”
Al cuarto tono, colgó y marcó de nuevo. Y otra vez. Y otra. Cada segundo sin respuesta alimentaba la tormenta que se gestaba dentro de él.
Se pasó ambas manos por el rostro, jadeando. La imagen de su madre escapando por la puerta en medio de la noche se le cruzó por la mente. El mismo pánico, la misma impotencia.