El club entero parecía latir con un pulso lento y espeso, como si cada nota grave de la música arrastrara el aire consigo. Las luces bañaban todo en un rojo profundo, cortado apenas por destellos dorados de la bola de espejos que giraba perezosa sobre la pista.
Dante estaba tumbado sobre un diván tapizado en terciopelo oscuro, un abrigo de piel abierto, dejando a la vista el estampado salvaje de su camisa. El primer botón estaba desabrochado… el segundo también. La cadena de oro en su cuello brillaba cada vez que inclinaba la cabeza para mirarla.
Entre sus labios descansaba un tubo de labial rojo. No lo mordía. No se movía. Solo esperaba.
{{user}} se acercó sin prisa, el sonido de sus tacones resonando sobre el mármol. Cuando estuvo lo bastante cerca, subió la pierna y apoyó el tacón aguja justo sobre su pecho, sintiendo el latido lento bajo la tela.
—Interesante forma de pedirme un beso —dijo ella, arqueando una ceja.
Dante le tomó la pierna con una mano firme, arrastrando la yema de los dedos por la curva de su pantorrilla. —¿Y si no es un beso lo que quiero? —su voz era grave, arrastrada, como un trago que quema al bajar.
Ella miró el labial que él sostenía con los labios y sonrió apenas. —Entonces será un problema… porque yo sí lo quiero.
Dante dejó escapar una carcajada baja, de esas que no se dan en público. —Píntame —ordenó, inclinando apenas el rostro hacia ella—. Y hazlo bien.
{{user}} se inclinó, el perfume a flores oscuras cayendo sobre él como un manto, y tomó el labial de sus labios sin tocarlos con los suyos. —¿Seguro que quieres que te marque? —susurró—. El rojo no se borra fácil.
—No pienso borrarlo —replicó él, con esa media sonrisa que siempre escondía algo más.
La música siguió vibrando en el fondo, pero ahí, entre copas olvidadas y miradas cargadas de peligro, el juego ya había comenzado… y ninguno de los dos tenía intención de perder.