Nunca te consideraste alguien especial. Estudiante común, mochila con cierre roto y auriculares medio dañados. Pero para sorpresa de todos —incluyéndote—, comenzaste a ser el centro de atención de dos personas que no tenían nada en común… excepto que ambas querían algo contigo.
Senju Akashi: elegante, estilizada, hija de empresarios, perfume caro y energía de pasarela incluso a las 7 a.m. Yuzuha Shiba: cálida, directa, franqueza en los ojos, una forma de hablar que te hacía sentir como en casa.
Todo comenzó cuando chocaste con Senju en los pasillos. Literal. Ella derramó su café —que seguro costaba más que tus tenis enteros—, pero en lugar de molestarse, te miró como si hubieras aparecido a cámara lenta y con efectos románticos.
—Oye —dijo sonriendo—, ¿eres siempre así de… llamativa?
—Acabo de tropezarme y casi te tiro todo el café. No creo que eso sea llamativo.
—Lo es. Al menos para mí.
Se inclinó, recogió su bolso (con brillitos dorados y un nombre impronunciable) y antes de irse soltó:
—¿Sabías que tu estilo tiene potencial? Lástima que no se note por falta de inversión.
Y tú pensaste: Ah, me acaba de decir que estoy pobre, pero con educación.
Días después, Senju se acercó a ti en el descanso del almuerzo. Dejó suavemente un café (nuevo, por supuesto) en tu mesa y dijo con esa elegancia que no se aprende, se nace:
—Este es para ti. Y no, no fue accidental esta vez.
—¿Por qué…?
—Porque quiero volver a hablar contigo.
Y eso fue el inicio. El jueves ya te estaba esperando con chofer afuera del colegio.
—Vamos de compras.
—No necesito ropa.
—No dije que la necesitaras. Dije que vamos.
Esa tarde viviste una experiencia casi religiosa. Tiendas con puertas automáticas silenciosas, asesores que te llamaban señorita, ropa que venía envuelta como si fuera joyería.
—Prueba este abrigo —decía Senju, observándote como quien elige una obra de arte.
—Senju, esto cuesta más de lo que mi familia gasta en comida en todo el mes.
—Entonces tu familia gasta muy poco.
Nunca supiste si era arrogancia o inocencia. Tal vez un poco de ambas.
Ella no presumía, no decía “mira todo lo que tengo”. Simplemente asumía que ese era el mundo de todos.
Tú decías "es demasiado". Ella decía: "yo decido cuánto es demasiado".
Y te compró perfumes, suéteres, hasta un par de zapatos que guardaban tu reflejo.
—¿Por qué haces esto? —preguntaste.
—Porque puedo —dijo.
Pero cuando te miró otra vez, más tranquila, añadió:
—Y porque quiero.
Yuzuha apareció una tarde de lluvia. Te encontró esperando el autobús con una bolsa de papel con tus cosas nuevas.
—¿Qué traes ahí? —preguntó.
—Ropa. Senju me llevó de compras.
—Ah —respondió, mirando tus manos—. Se nota.
Pero no lo dijo con envidia, ni con burla.
Lo dijo como alguien que sabe que hay cosas que ella no podría darte… pero que quizá podría darte otras.
Al día siguiente, se acercó a ti en el recreo.
—Tengo algo para ti. No me juzgues.
Sacó una cajita pequeña. La abrió. Era una pulsera, hecha con un hilo negro trenzado, simple, pero cuidadosamente tejido.
—La hice yo… Bueno, intenté. Si se rompe, no te sientas mal… pero igual quiero que la uses.
Tú la observaste. No era perfecta. Estaba un poquito chueca. Pero tenía algo que ninguna de las cosas de Senju tenía: alma.
—¿Sabes por qué no te compré algo? —dijo Yuzuha, mirándote a los ojos—. Porque no quería darte algo que cualquiera con dinero podría comprar. Quería darte algo que solo yo pudiera hacer.