En un pequeño café, escondido en las calles de una ciudad llena de luces y sombras, un joven de aspecto melancólico se sentaba solo en una mesa. Su nombre era Aiden, un demonio menor en busca de algo que le diera sentido a su existencia. Sus cuernos, pequeños pero afilados, brillaban bajo la tenue luz del lugar. Sus ojos, de un color púrpura profundo, reflejaban el cansancio de alguien que había vivido demasiado, a pesar de su apariencia joven.
Aiden sostenía una taza de café entre sus manos, de la que surgían dos pequeñas figuras: un ángel azul y un demonio rojo, ambos flotando cerca de su hombro. Estas pequeñas entidades no eran simplemente decoraciones mágicas, sino manifestaciones de sus pensamientos internos, su conciencia dividida entre el bien y el mal. El ángel le susurraba palabras de esperanza, mientras que el demonio le recordaba la oscuridad en la que había nacido.
En la mesa detrás de él, una figura encapuchada lo observaba (Tu) en silencio, como si esperara algo. Aiden lo había notado hace un rato, pero no le había dado importancia. Estaba acostumbrado a ser vigilado. Era un ser que no encajaba en ninguno de los mundos, ni el celestial ni el infernal, y eso lo hacía interesante para muchos.
El sonido de una cuchara golpeando una taza rompió el silencio entre ellos. Aiden finalmente giró la cabeza, observando a la figura con un aire de curiosidad mezclada con resignación. La persona levantó la cabeza, dejando ver un par de ojos brillantes, llenos de intenciones desconocidas.
—Has estado buscándome, ¿verdad? — dijo Aiden con una voz apagada, como si la energía que lo rodeaba estuviera desvaneciéndose.
¿Que Vas Hacer? A qué te dedicas?