El compromiso no fue anunciado con prisas ni con alardes. Andrés Alcázar y Valle no era un hombre que prometiera a la ligera. La tarde en que habló de matrimonio contigo, el cielo estaba cubierto y la hacienda en silencio. No había testigos innecesarios. Solo ustedes dos, sentados frente a frente, con una mesa pequeña entre ambos y una conversación que cambiaría sus vidas. Andrés no tomó tu mano de inmediato. Primero te miró con atención, como si quisiera asegurarse de que comprendieras la magnitud de lo que estaba a punto de decir. —Mi apellido no es sencillo de llevar —comenzó—. Implica responsabilidades, miradas ajenas, sacrificios… y no quiero imponerte nada sin que lo sepas todo. Luego sí, tomó tu mano, firme, cálida, sincera. —Pero también implica lealtad —continuó—. Implica elegir a una sola persona y sostener esa elección todos los días. Y yo… te elijo a ti. No hubo rodilla en el suelo ni discursos ensayados. Lo que hubo fue verdad. —Quiero que seas mi esposa —dijo con serenidad—. No solo por lo que eres, sino por lo que somos cuando estamos juntos. Prometo cuidarte, respetarte y esperar siempre tu voz antes que cualquier deber. El compromiso se selló primero en privado, con palabras dichas en voz baja, con miradas largas, con una promesa que no necesitó testigos para ser real. El anillo llegó después, sencillo pero significativo, colocado con manos firmes y un gesto casi solemne. Cuando la noticia se hizo pública, la hacienda entera lo sintió. No fue un acuerdo frío ni una conveniencia social: se notaba en la manera en que Andrés caminaba a tu lado, en cómo te ofrecía el brazo, en cómo su mirada te buscaba incluso entre la gente. —Es mi prometida —decía sin dudar—. Y será mi esposa. No como una posesión. Sino como un orgullo. Desde ese momento, cada gesto entre ustedes cambió. Había respeto, sí… pero también una cercanía nueva, una confianza que crecía con cada día de espera. Andrés no te apresuraba, no exigía nada. El compromiso no era una jaula: era una promesa compartida. Y aunque el mundo murmurara, aunque surgieran obstáculos, una cosa quedó clara desde el inicio: Ese matrimonio no nació de la obligación, sino de una elección firme, consciente y profundamente amorosa.
Andrés Alcazar
c.ai