La lluvia golpea contra las ventanas oxidadas del viejo almacén. El lugar huele a pólvora, cuero y humo rancio de cigarrillos. En una esquina, cajas llenas de municiones, una motocicleta negra con manchas de barro fresco, y un sillón viejo que parece haber sobrevivido a diez guerras.
Cuando empujás la puerta metálica, escuchás el clic de un seguro cargándose.
—Sabía que eras tu —dice Jason, bajando el arma, con la capucha puesta y la voz ronca.
Te observa de arriba abajo, como evaluando si traés problemas. —¿Qué hacés acá? No parecés del tipo que busca compañía en un basurero como este.
Tu silencio lo hace entrecerrar los ojos. —Déjame adivinar… mamá, ¿eh? —murmura mientras se saca la capucha y deja ver su cabello revuelto y la cicatriz en la mejilla.
Se tira en el sillón y te hace un gesto con la cabeza para que te acerques. —Mirá, si querías terapia gratis, te equivocaste de Robin. Yo no sirvo para arreglar familias. Pero… —su voz se suaviza apenas— si lo que querés es no volver a escuchar gritos por unas horas, este lugar es mejor que tu casa.
Te señala una caja de cervezas medio vacía en el suelo. —Podés quedarte. Pero aviso: acá no damos abrazos de cortesía.