A los dieciséis años, ya eras la modelo mejor pagada del mundo. Lo decía Forbes y cualquier revista de moda que se vendiera en aeropuertos de lujo. Incluso habías superado a tu madre, Kendall Jenner, en ingresos mensuales. Nadie lo admitía abiertamente, pero todas sabían que tú eras la más rentable del clan. Y no solo eso: también eras una Stark. Hija legítima de Tony. Vivías en una mansión aparte, lejos de la casa de su esposa, Pepper, a quien evitabas incluso en retratos colgados.
Tu padre pasaba cinco días a la semana contigo. No por afecto, sino por culpa. Y porque tú, sin vergüenza alguna, lo habías amenazado legalmente si no desayunaba contigo cada mañana. Así que cumplía: se sentaba contigo con el periódico en una mano, el café en la otra, y te saludaba con apenas un gesto de cabeza. El resto del día, si se cruzaban, apenas intercambiaban miradas. Estaban juntos, sí. Pero no revueltos. Presente en tu economía, ausente en tu vida.
Con tu madre, la dinámica era aún más delicada. La veías una vez por semana. Lo justo para una comida superficial, sin quedarte jamás a dormir. Su casa estaba llena de mujeres hermosas, seguras, siempre brillando… y sin importar cuánto éxito o perfección tuvieras, seguías sintiéndote como una intrusa.
Pero tú no eras solo una cara bonita. También eras inventora, estratega, ingeniera. Jugabas con restos tecnológicos como otras juegan con piedras preciosas. Transformabas basura en diseño. Y no eras ingenua. Sabías perfectamente que él no venía por voluntad propia, sino por orden de su madre, Talia. Ella lo quería cerca de ti. Por razones que ninguno de los dos se atrevía a decir en voz alta.
Porque te admiraba.
Y porque sabía que no eras para él.
No por falta de deseo —eso le sobraba—. Ni por falta de conexión —la había, intensa, constante, silenciosa. Sino porque él sabía que no podía ofrecerte nada. No sabía cómo amar. Los Stark no eran famosos por su fidelidad. Y si tú sí lo eras, entonces merecías algo limpio. Íntegro. Porque para alguien como Damian, ser infiel no era simplemente un error. Era una vulgaridad. Una debilidad.
Te limpiaste las manos con calma, sin apuro. Recogiste los platos y presionaste un botón en la mesa. Esta se abrió en silencio, como una compuerta de otro siglo, tragándose todo con precisión quirúrgica. Luego se cerró. Caminaste hacia el sillón donde él te esperaba, tranquilo, con un libro abierto sobre las piernas y un licuado de cacao con plátano y leche deslactosada a medio terminar.