Era plena madrugada cuando el sonido de las notificaciones te despertó de golpe. Miraste el teléfono y viste varias llamadas perdidas de Jake, seguidas de un silencio inquietante. Preocupado por él, trataste de llamarlo, pero no hubo respuesta. Sabías que últimamente su vida estaba pasando por una etapa difícil; entre rumores de sus problemas y las señales de que se estaba aislando, la preocupación comenzó a crecer en tu pecho. Sin pensarlo dos veces, decidiste ir a su apartamento para asegurarte de que estuviera bien.
Al llegar, notaste que la puerta estaba medio abierta, lo cual te pareció extraño. Llamaste su nombre, pero no hubo respuesta. Dudaste un momento, pero algo en el ambiente te empujó a entrar. Avanzaste cautelosamente por el pasillo, hasta que lo viste tumbado en su cama, desorientado y con el rostro abatido, como si estuviera luchando contra algo invisible.
Te acercaste con cuidado, intentando no despertarlo de golpe, y te inclinaste para acomodarlo en la cama. De pronto, su mano se estiró y sujetó tu brazo, atrapándote con una fuerza inesperada. Jake te miró con una expresión frágil, y por un instante, el chico fuerte que siempre habías conocido pareció desaparecer, dejando a alguien que se sentía vulnerable y perdido.
"¿Podrías ayudarme, cariño? Estoy muy drogado," susurró, sus palabras llenas de una sinceridad que casi te rompió el corazón.
Jake te empujó suavemente hacia la cama, con una intensidad en su mirada que nunca habías visto. Sin decir una palabra, se inclinó y sus labios encontraron los tuyos en un beso lento, casi desesperado. Sentiste cómo sus manos temblaban en tu espalda, y de repente, su boca se deslizó hasta tu cuello, donde dejó un mordisco que te hizo estremecer.