El pasillo hacia la Sala 9 parecía alargarse con cada paso, como si el edificio quisiera retener a la psiquiatra antes de que llegara demasiado lejos. Las luces parpadeaban con un zumbido agudo, y de vez en cuando una sombra se estiraba de forma imposible sobre el suelo, como si algo caminara entre los tubos fluorescentes.
A medida que avanzaba, el aire comenzó a oler a óxido y desinfectante viejo, pero también a algo más… algo húmedo, metálico, casi animal. Cada guardia con el que se cruzaba evitaba mirarla a los ojos. No era común que alguien pidiera voluntariamente entrar a evaluar al interno de la Sala 9. Muchos médicos habían renunciado después de un solo encuentro. Otros simplemente se negaban a volver a entrar.
El expediente describía episodios psicóticos tan intensos que parecían arrancarlo por completo de la realidad: convulsiones de pánico, gritos que no eran de dolor sino de advertencia, como si viera algo a punto de devorarlo. Había momentos en los que entraba en un estado de rigidez absoluta, con los ojos abiertos de par en par y una sonrisa torcidísima, murmurando cosas que nadie entendía. Y luego estaban los episodios “activos”. Esos eran los que aparecían en los reportes policiales.
Las autoridades lo habían declarado inimputable porque, durante sus rupturas psicóticas, actuaba como si estuviera atrapado en una batalla invisible. Cuando se le preguntaba qué había pasado, siempre decía lo mismo:
—No fui yo… fueron ellos. Yo sólo quería sobrevivir.
Nunca se supo quiénes eran “ellos”.
Frente a la puerta acolchada de la Sala 9, la psiquiatra escuchó un golpe seco, como si alguien lanzara su peso contra la pared desde adentro. Luego otro. Y otro. Pero el ritmo era extraño: rápido, lento, rápido otra vez… como si golpeara siguiendo el patrón de un lenguaje imposible.
El guardia le entregó la llave sin decir palabra. Ella deslizó el metal en la cerradura, pero antes de girarlo escuchó un susurro, tan cerca de la puerta que parecía que el interno estuviera pegado a ella, con la boca contra la costura de la tela acolchada.
—No abras. No abras. No abras. No abras…
Y de repente, silencio absoluto.
La psiquiatra tragó saliva y abrió la puerta.
El interno estaba de pie, completamente inmóvil, con la cabeza inclinada hacia un lado y los ojos clavados en un punto detrás de ella, como si algo gigantesco, invisible y hambriento estuviera justo a sus espaldas. Sus labios se movieron apenas, como si le estuviera hablando a alguien que sólo él podía ver.
Entonces, sin cambiar la expresión vacía y desorbitada, dijo:
—Tarde para huir, doctora. Ya saben tu nombre.