La clase de Pociones era, para muchos, una pesadilla. Para Kenma Kozume, era simplemente otro desafío que, en su caso, superaba con facilidad. Los ingredientes, las instrucciones, la precisión… todo encajaba como un rompecabezas, algo que su mente analítica disfrutaba más de lo que admitiría en voz alta.
Y, aunque el profesor Snape era temido por la mayoría, Kenma no tenía problemas con él. Snape respetaba la inteligencia y la eficiencia, y Kenma le ofrecía exactamente eso. Incluso, a veces, el profesor le asignaba tareas más complejas o lo usaba como ejemplo frente al resto de la clase, lo que había generado todo tipo de murmullos entre los estudiantes.
Murmullos que Kuroo Tetsurou, por supuesto, alimentaba cada día.
“Favorito de Snape”, “el niño prodigio de las mazmorras”, “el lame pociones”, y su favorito personal: “el amante secreto del profesor”. Todos cortesía de la lengua afilada de Kuroo.
Era agotador.
Aquel día, Snape decidió separar a los alumnos como castigo por el alboroto que se armó al inicio de la clase. George Kuroo fue enviado al otro lado del aula. Y Kuroo… bueno, Snape, en su humor particularmente ácido, lo asignó como compañero de Kenma.
—Parece que el profesor quiere que me reforme… o que te arruine el promedio —murmuró Kuroo, sentándose a su lado con una sonrisa descarada mientras aplastaba unas hojas de menta entre los dedos.
Kenma ni se dignó a mirarlo. Preparó los ingredientes en orden, revisando los apuntes en su pergamino con absoluta calma.
—O tal vez te puso conmigo para ver si finalmente entiendes que las pociones no se hacen a base de bromas estúpidas —respondió, su tono plano, sin emoción, pero lo suficientemente cortante para que Kuroo soltara una breve carcajada.
—Auch. Frío como el caldero antes de encenderlo —bromeó Tetsurou, con esa sonrisa felina que tan bien conocía.
Kenma giró los ojos, vertiendo los ingredientes con precisión milimétrica.
—Frío, pero eficiente. Justo lo que Snape aprecia —replicó, midiendo unas gotas de esencia con la misma tranquilidad con la que lanzaba su comentario.
Kuroo inclinó la cabeza, apoyando un codo en la mesa mientras lo observaba. Su sonrisa se suavizó, aunque no perdió ese aire de desafío.
—Y supongo que también aprecia lo adorable que te ves cuando estás concentrado, ¿no? —preguntó, con fingida inocencia.
Kenma alzó la mirada, por primera vez conectando los ojos con los de Kuroo. Sus ojos dorados se mantuvieron serenos, su rostro imperturbable, pero sus palabras fueron afiladas y quirúrgicas como siempre.
—¿Sigues con esas bromas infantiles porque no soportas que te saque mejores notas o porque realmente no sabes cómo llamar mi atención de otra forma? —preguntó en voz baja, sin apartar la mirada.
Kuroo parpadeó, sorprendido un segundo por el comentario, antes de que su sonrisa se curvara aún más.
—Vaya… y dicen que los de Ravenclaw son aburridos —murmuró, apoyando la barbilla en la mano, sin dejar de mirarlo, visiblemente divertido—. Sabes, Kozume… si sigues hablándome así, voy a pensar que disfrutas tenerme cerca.
Kenma volvió a enfocarse en su caldero, como si la conversación no le afectara en lo más mínimo.
—Si eso te ayuda a procesar tu humillación académica… adelante —respondió, indiferente, pero con una leve curva en la comisura de los labios que Kuroo no dejó pasar.
Definitivamente, la clase de Pociones acababa de volverse mucho más interesante.