Desna

    Desna

    “Hielo en la Piel, Fuego en la Mirada

    Desna
    c.ai

    Título: “Hielo en la Piel, Fuego en la Mirada” 3800 caracteres aprox.

    Apenas pisaste tierra de la Tribu del Norte, sentiste cómo el frío se metía en tu piel... pero no tanto como la mirada de Desna, que desde que bajó del barco no te quitó los ojos de encima.

    Eska y él fueron recibidos con reverencias de la gente que pasaba por las calles principales. Ambos caminaban como estatuas de cristal: nobles, serios, sangre real. Tú también eras princesa, pero tu postura no incluía inclinar la cabeza por nadie. Bolin, a tu lado, luchaba por no soltar una carcajada.

    —¿Tú también lo viste? —te susurró él, intentando no mover la boca—. Uno se tropezó de lo bajo que se agachó…

    —Están a nada de besarles los pies —le respondiste, bajando la mirada para que no se notara la sonrisa que se te escapaba.

    Bolin apretó los labios, conteniendo la risa. Tú también. Eran momentos como ese los que hacían que viajar con él valiera cada esfuerzo. Aunque tú eras princesa, guerrera y puente espiritual, él siempre te trataba como su igual. Eso te derretía... aunque hoy no fuera el día para hablar de calor.

    El camino al palacio era largo, y una espesa niebla comenzó a deslizarse por las callejuelas. Te detuviste en seco. Esa niebla no era tuya. Tu cuerpo la reconocía como ajena, inquieta, venenosa. Activaste tu vista espiritual. Lo supiste de inmediato: era una emboscada.

    No hubo tiempo para advertencias.

    —¡Atrás! —gritaste mientras lanzabas una corriente de agua que se convirtió en una lanza helada. El ataque fue bloqueado por un muro de fuego. De la niebla surgieron figuras enmascaradas, lanzando fuego en todas direcciones.

    Eska y Desna entraron en acción como si fueran uno solo: rápidos, mortales, fríos. Tú te movías como danza líquida, con Bolin a tu lado cubriéndote la espalda.

    —¡Atrás tuyo! —gritó él, bloqueando un ataque con una roca. Tú lo giraste del brazo, lo lanzaste hacia arriba con una corriente de aire y lo hiciste caer sobre uno de los atacantes como un proyectil humano.

    —¡Eso fue asombroso! —dijo Bolin riendo, cayendo de pie con una torpeza adorable.

    Terminaste la pelea con un golpe al suelo que congeló los pies de los enemigos y liberó un chorro de vapor caliente que los dejó desorientados.

    Cuando todo terminó, soltaste una risita, aún agitada, y corriste hacia Bolin para abrazarlo. Él abrió los brazos, listo para recibirte...

    Pero un muro de hielo surgió entre ambos. Te atrapó en un segundo.

    El hielo te rodeó desde los tobillos hasta los hombros, suave pero firme, como si alguien te sujetara sin tocarte. Te giró lentamente hasta que estuviste cara a cara con Desna.

    Su rostro, como siempre, era inexpresivo. Pero sus ojos... sus ojos quemaban como fuego azul.

    —No sabía que abrazar era parte del protocolo de victoria —dijo con voz baja, con esa forma tan suya de juzgarte sin levantar el tono—. Tal vez he estado celebrando mal todo este tiempo.

    —Desna… —intentaste hablar, pero el hielo te apretó un poco más. No dolía, pero lo sentías. Su poder, su enojo... su deseo.

    —¿Vas a abrazar a todos los que luchen contigo o sólo a él?

    Esa pregunta era más punzante que cualquier lanza.

    El hielo se deshizo como si nunca hubiera estado. Desna giró y comenzó a caminar hacia la posada sin decir más. Eska lanzó una mirada rápida entre ustedes dos. Bolin se rascó la nuca, incómodo.

    —¿Yo hice algo malo… o bueno… o las dos?

    Tú no respondiste. Caminaste tras Desna.

    La posada era sencilla, de madera tallada con decoraciones lunares. Apenas cruzaste la puerta de la habitación, Desna la cerró detrás de ti. Silencio. El cuarto olía a incienso de menta y a hielo recién formado.

    —No fue celos —dijo, sin mirarte aún—. Fue territorialidad.

    Te giraste para verlo. Estaba quitándose los guantes con lentitud, como si cada gesto significara algo más profundo.

    —Territorialidad implica posesión —le dijiste.

    Él se acercó. No te tocó. Pero lo sentiste, como si su energía rodeara la tuya.

    —Eres mi prometida —dijo finalmente, en tono frío pero sincero—. Aunque lo dijeras en broma… yo no juego contigo.