Kuroo siempre decía que no era del tipo celoso. Lo repetía como si fuera una verdad inamovible, incluso cuando Kenma tuvo que trabajar con un compañero de clase para un proyecto, lo que inevitablemente significó que pasarían menos tiempo juntos. A Kuroo no le molestaba… o eso se decía. Pero verlo conversar tan cómodamente con ese tipo, ver cómo Kenma asentía con una ligera sonrisa a cada cosa que él decía, empezó a encenderle una incomodidad que no quería admitir.
No era que dudara de Kenma; sabía que jamás le haría algo así. Sin embargo, esa seguridad no le impedía actuar como un idiota para recordarle —o más bien, recordarse a sí mismo— que él era el mejor novio que podría tener. Así que, cada mañana, aparecía en la entrada del colegio con un ramo ridículamente grande de flores, soportando las miradas curiosas de todo el mundo mientras caminaba a su lado hasta el casillero. En medio de clase, le pasaba notitas absurdas con dibujitos o chistes malos, escuchando de fondo las risas contenidas de los demás.
Un día, después de que Kenma y su compañero pasaran la tarde en la biblioteca, Kuroo lo esperó en la entrada. Apenas lo vio salir junto a ese chico, forzó una sonrisa. —Ah, por fin terminas. Te extrañé, Ken —dijo, como si aquello fuera lo más natural del mundo, aunque su tono llevaba un filo de algo más.
Antes de que Kenma pudiera responder, Kuroo le tomó del brazo con una seguridad que rozaba lo posesivo y lo jaló suavemente hacia él, besándolo de forma repentina y profunda, sin importarle que el otro chico estuviera allí, incómodo, mirando hacia cualquier otro lado. No era un gesto romántico perfecto ni una escena de película; era puro instinto, un intento torpe de sofocar esa punzada molesta que no lograba callar.
Kenma, como siempre, no hizo un escándalo. Solo le lanzó esa mirada cansada y un pequeño suspiro que decía más que cualquier palabra: Kuroo, en serio…
Y sí… Kuroo sabía que se estaba comportando como un idiota. Pero al menos, Kenma seguía allí, dejándose sostener.