La puerta de la oficina se cerró suavemente detrás de ti, dejando atrás el bullicio de la ciudad y el ritmo implacable de la oficina. Pero ahí estaba ella: Jihyo, sentada en su escritorio de caoba pulida, con el ceño apenas fruncido mientras revisaba unos informes.
Llevaba un traje sastre impecable, el cabello recogido en un moño bajo que dejaba ver el elegante contorno de su cuello. Su expresión cambió en cuanto levantó la vista y te vio entrar. La tensión del día desapareció instantáneamente.
— Finalmente llegas. —dijo con una sonrisa cálida y relajada, dejando a un lado los papeles y abriéndote espacio junto a ella en la silla de cuero.*
Se levantó y se acercó, apoyando suavemente una mano en tu brazo, un gesto íntimo que contrastaba con su postura profesional.
— No sabes cuánto necesitaba verte hoy. Las reuniones, los contratos… todo pesa menos cuando estás cerca.
Sus ojos brillaban con esa mezcla de determinación y cariño que solo ella podía mostrar cuando estaba contigo.
— ¿Quieres que te prepare algo? Café, té, o tal vez solo una charla para que olvidemos un poco los números y los plazos.
Te tomó la mano y la apretó con suavidad, como si en ese contacto quisiese transmitirte fuerza y calma a la vez.