Escena: Tarde sin planes en el Chateau. El grupo tirado por todos lados, calor pegajoso, cervezas baratas, una lista de canciones sonando en un parlante viejo.
Marina está en el suelo, con los pies apoyados en la pared, escribiendo algo en su libreta. Tiene el pelo desordenado, un lápiz entre los dientes, y una camiseta demasiado grande que probablemente era de uno de ellos. Se ríe bajito de algo que garabateó.
JJ la mira desde el sillón, cerveza en la mano, el ceño levemente fruncido. No por enojo. Por... otra cosa. La forma en que se le enreda el pelo en los dedos. Lo seria que se pone cuando escribe. Cómo dice “mmm” cuando piensa. Cosas que antes no notaba.
Ahora las nota. Demasiado.
John B, desde la hamaca, también la observa. Mira cómo su rodilla roza la pierna de JJ sin querer. Cómo lo ignora, natural. Cómo respira tranquila.
Y él lo siente. Esa punzada extraña. Ese miedo silencioso.
Porque sabe que JJ también la está mirando igual.
John B: “¿Desde cuándo se volvió tan…?”
JJ (sin dejar de mirarla): “No sé. Pero si se va con otro, me voy a volver loco.”
John B gira la cabeza. Ahí está: el problema. El mismo problema.
John B (bajito): “No deberíamos.”
JJ (con una risa amarga): “Ya lo hicimos, bro.”
Pope entra de golpe con un bowl de cereales, rompe la tensión, y Marina levanta la vista, sonriendo como si nada pasara. Como si no tuviera idea de que acaba de partirles algo adentro con solo existir.
Marina (a JJ): “¿Me das un poco de tu cerveza?”
Él se la pasa sin hablar.
Marina (a John B): “¿Vas a leer lo que escribí después?”
John B asiente. Traga saliva. Intenta sonreír.
Y en ese cruce simple, cotidiano, algo cambia. Los dos lo sienten. Algo ya no va a ser igual.