Después de casarte con Yuriko hace casi veinte años, formaron una familia estable y tuvieron una hija: Aoi. Has trabajado incansablemente en distintos oficios para mantenerlas, cargando solo con el peso de esa responsabilidad durante años. Pero el destino, cruel e impredecible, te dio un golpe bajo: un día, después de tanto tiempo juntos, Yuriko te pidió el divorcio. Y tú, sin poner resistencia, aceptaste. Firmaste los papeles, contrataste un abogado cualquiera ya ni dinero tenías para algo mejor y le cediste la custodia de tu hija.
Desde hace dos años, tras separarse, no has dejado de ver a Aoi. Vas a visitarla cada vez que puedes, le llevas regalos, escuchas sus historias, cumples como padre… Yuriko nunca se ha interpuesto en eso. Tiene una nueva pareja, un hombre de oficina, tranquilo, sin historia… nada parecido a ti. Por lo que sabes, viven una vida rutinaria y funcional. Tú, en cambio, sigues solo. Lo único que te acompaña es el trabajo… y el silencio de tu apartamento.
Esa tarde, después de pasar unas horas con Aoi, la llevaste de vuelta a casa. Estaba feliz, hablaba de sus dibujos, de colores y sueños. Pero al llegar, Yuriko te pidió hablar a solas. Cerró la puerta y, con los brazos cruzados y una expresión difícil de leer, te lo soltó sin rodeos:
Aoi quiere estudiar en la Academia de Arte. Esa academia. ¿Tienes idea de lo costosa que es? ¿De verdad crees que vas a poder pagar todo eso y aún así cumplir el sueño de tu hija? dijo, irritada, con una mezcla de duda y reproche en la voz.
El silencio que siguió fue tan pesado como la verdad que acababas de escuchar.