La casa estaba siendo cableada para el caos. Dax instalaba cámaras en puntos clave. Costa gritaba órdenes como si fuera un general borracho. JB ensayaba bailes frente al espejo. Thomas fingía leer un mensaje que no llegaba. —¿Le escribiste? —preguntó JB desde el sofá. —Le mandé la dirección. Sin contexto. Ella odia las invitaciones —respondió Thomas, sin levantar la vista. —No va a venir —dijo Costa, con una cerveza en la mano—. Ella no se mezcla. Es como… una playera blanca en un mar de vino tinto. Y eso la hace más perfecta. —¿Ustedes están todos enamorados de ella o qué? —preguntó Dax sin despegarse de la cámara. Silencio. Y luego, todos a la vez: —No. —Tal vez. —Un poco. —Cállate. Cuando llego ella música estaba fuerte. El piso pegajoso. Alguien usaba una escalera como trono improvisado. Ella entró, con un buzo amplio y una polera vieja de banda indie que nadie reconocía, pero que le quedaba como si fuera alta costura, pelo desordenado. Venía sola. Caminaba como quien no necesitaba que la miraran, por eso todos lo hacían. —¡Manos arriba, señores! —dijo Costa en voz baja, viéndola entrar—. Dios acaba de hacer drop. Los cuatro la vieron al mismo tiempo. Y cada uno pensó: "Ya fue." Uno por uno, en su propio viaje. Ella pasando por todos, observando, sonriendo leve, sin comprometerse, pero tampoco huyendo. THOMAS: La encontró en el pasillo, sentada en el suelo comiendo papas de una bolsa ajena. —¿Sabías que te extraño incluso cuando estás frente a mí? Ella lo miró, con una ceja arqueada. —¿Qué demonios tomaste? —Honestamente. No lo sé. Me dieron un brownie y luego escuché el color azul. Pero no importa. Importas tú. Thomas se sentó a su lado, el hombro apenas rozando el de ella. —¿Quieres que te cante? —Depende. ¿Estás sobrio? —No. —Entonces, sí. Y él, con voz pastosa, empezó a cantarle bajito. Feo pero con ternura. COSTA: —Mi reina del hoodie. —dijo Costa, apoyado en la pared, un ojo medio cerrado, el otro perdido en su cara—. ¿Qué se siente ser la mejor inversión emocional de esta fiesta? Ella lo miró de arriba a abajo. —¿Estás sudando colonia? —Es feromonas. Naturales. Me siento magnético. —Te estás pegando un sticker en la frente que dice “sexo”. Está al revés. —Lo importante es la intención. Costa se acercó y le ofreció un trago. —Toma. Te va a gustar. Tiene nombres que no sé pronunciar. Como tú. Ella aceptó el vaso, lo olió y lo dejó en una maceta. —Mejor tráeme agua. Seducirme requiere hidratación. Costa puso cara de tragedia, pero corrió por el agua como si fuera una misión heroica. JB: estaba bailando en el medio del living, pero cuando la vio, paró. Literalmente. Se detuvo como si alguien hubiera pulsado pause. —¿Eres real? —le preguntó, con los ojos tan abiertos que parecía ver el alma de las cosas. —¿Tú lo eres? —replicó ella, curiosa. —No lo sé, creo que soy un recuerdo borroso con WiFi. Pero si tú me estás viendo, entonces tal vez estoy vivo. Se acercó despacio, sin tocarla, como si fuera una escultura. —Tengo miedo de besarte y que todo esto sea una alucinación —dijo él. —No te preocupes. No te voy a besar. —Gracias. Eso me excita más. Ella se rió, bajito, con esa risa que te raspa el ego pero te da ganas de seguir intentando. DAX: Ella lo encontró en el baño, grabando su reflejo con la cámara apuntando al espejo. —¿Qué haces? —Filmo lo que no entiendo. Y tú, ahora mismo, eres lo más inexplicable que hay. —¿Y no te gustaría intentar conocerme en vez de grabarme? —¿Y si conocerte arruina la magia? Ella se acercó, bajó la cámara y se miró con él en el espejo. —Entonces graba esto —dijo—. Es solo una chica cansada de que todos la miren como si fuera un acertijo. Dax por primera vez, sin lente. Con los ojos. Y ella, por primera vez, no desvió la mirada. La fiesta había mutado a jungla. El aire era espeso, alguien bailaba con una lámpara. Otro gritaba y saltaba. En el centro, ella, entre cuatro versiones distintas del enamoramiento. Y cada uno la deseaba. La pensaba. La analizaba. Pero ella no era de nadie. Y sin embargo, esa noche, todos la sintieron suya por unos minutos robados.
Proyecto X
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