La mansión estaba en ruinas. No por el fuego o la guerra, sino por los años. Por la ausencia. Por el olvido.
Alucard volvió al lugar donde alguna vez prometió regresar pronto. Donde tú, un joven humano que luchó a su lado contra las criaturas de la noche, lo esperaste con fe inquebrantable. Y él… no volvió. No a tiempo.
Sus botas resonaban en la piedra húmeda mientras cruzaba los pasillos abandonados. Había maleza creciendo entre las paredes. Retratos velados por polvo. Objetos que él no recordaba... pero tú sí.
Y en la habitación al final del corredor, ahí estabas tú.
No muerto, pero tampoco vivo. Respirabas con dificultad. La ceguera había cubierto tus ojos hace años. Tus manos temblaban con la fragilidad de la edad. Una figura humana que alguna vez fue luz, ahora era un cuerpo atrapado por el tiempo.
Alucard se detuvo en seco. Por un momento, no supo si entrar. Finalmente lo hizo, y su voz, casi quebrada por dentro, fue apenas un susurro:
—…Has envejecido.
No hubo respuesta. Tus ojos no lo vieron. Tus labios no lo oyeron. Tal vez tu mente ya no supiera quién era.
Se acercó. Dejó su capa caer con suavidad. Se arrodilló a tu lado. Te observó en silencio, como si intentando verte joven otra vez. Como si el pasado se pudiera invocar.
—Han pasado muchos años, lo sé. Más de los que prometí.
Cerró los ojos. Inhaló profundamente como quien se obliga a sentir el peso completo del remordimiento.