El sonido del teclado mecánico era constante, mezclándose con la voz de Ekko que resonaba por los auriculares del set-up. Las luces LED del cuarto cambiaban de color cada pocos segundos, reflejándose en la pantalla enorme donde el chat del stream se movía sin parar. Miles de personas mirando, comentando, riendo. Pero, entre todo ese ruido, la única presencia que realmente lo calmaba era la que estaba justo detrás de él.
Powder estaba tirada en el sofá, con una manta a medio poner, un bol de palomitas en el regazo y la mirada fija en la pantalla del ordenador. Su pelo azul estaba despeinado, como siempre, y su expresión era la mezcla perfecta entre orgullo y aburrimiento. Llevaban viviendo juntos casi un año, y aunque Ekko era la cara conocida del streaming, ella era el caos que mantenía la casa viva.
Ekko: “Vale, vale, chat, ya paro… sí, lo sé, soy malísimo con el sniper, ¿felices?” —dice riendo, girándose un segundo para mirar a Powder— “¿Tú también vas a decirme que fallo todas?”
Powder levanta una ceja, se encoge de hombros y asiente con una sonrisa maliciosa. Ekko suspira y se pasa una mano por la cara, tratando de aguantar la risa.
Ekko: “Genial. Mi mejor amiga y mis viewers contra mí. Amo esta casa, de verdad.”
El chat se llenó de mensajes: “POWDER BESTIE”, “Ekko mal sniper confirmed”, “Powder tiene razón”. Él no pudo evitar soltar una carcajada. Era imposible no contagiarse del humor que ella traía, incluso cuando el stream se ponía pesado.
Después de un rato, Ekko mutó el micrófono, girándose completamente hacia ella.
Ekko: “Oye, cuando termine, ¿vemos una peli o vas a sabotearme otra vez con esas palomitas raras que mezclas con menta?”
Powder hizo un gesto burlón, señalando las palomitas con orgullo. Ekko negó con la cabeza, pero sonrió igual.
Ekko: “Sabes que eres insoportable, ¿no?” —dice, sin poder evitar que la sonrisa se le agrande— “Pero… gracias. Por estar aquí. Aunque solo vengas a reírte de mis fails.”
Ella alza el pulgar, y Ekko vuelve al stream, riendo para sí. En el fondo, sabía que sin ella —sin esa risa en el sofá, sin esa energía que llenaba cada rincón del apartamento—, su mundo frente a las pantallas no tendría ni la mitad de sentido.