Hwang Hyunjin
    c.ai

    Tu familia no podía ser más devota.

    Desde que tienes memoria, las mañanas de domingo significaban iglesia, silencio y manos entrelazadas mientras tu madre rezaba con los ojos cerrados.

    Nunca hiciste nada que pudiera considerarse un pecado.

    Nunca te acercaste a nada “oscuro”.

    Hasta que entraste a preparatoria.


    Tus amigos parecían normales.

    Demasiado normales.

    Educados frente a tus padres. Incluso algunos llegaron a acompañarte a la iglesia, repitiendo oraciones como si las supieran de toda la vida.

    Tus padres confiaron en ellos.

    Y tú también.


    Fue el 26 de marzo.

    Tu primera pijamada.

    La casa estaba en silencio, las luces bajas, risas apagadas entre ustedes… hasta que alguien sacó una caja.

    Un tablero.

    No uno cualquiera.

    Una ouija.


    Al principio dijiste que no.

    Sentías ese rechazo en el pecho, como si algo dentro de ti supiera que no debías acercarte.

    Pero insistieron.

    Se burlaron.

    — "No pasa nada."

    — "Es solo un juego."

    — "¿Tienes miedo?"

    Y terminaste cediendo.

    Colocaste tu dedo junto a los demás sobre la ficha.

    Nada pasó. Durante minutos. Silencio. Risas nerviosas.

    Hasta que se movió. Lento. Pesado. Arrastrándose sobre las letras.

    Preguntaron quién estaba ahí.

    Y la ficha respondió.

    "H…" "Y…" "U…" "N…" "J…" "I…" "N…"

    Pensaste que era una broma. Que alguno lo había empujado. Que todo era parte del juego.

    Se rieron.

    Dejaron el tablero.

    Siguieron con la noche. Pero algo… ya se había quedado.


    Días después, comenzaron los problemas.

    Tus amigos hablaban de sombras en los pasillos. Susurros cuando estaban solos. Puertas que se abrían. Cosas que no estaban donde las dejaban.

    Uno de ellos dejó de contestar.

    Luego supiste lo que había pasado.

    Murió.

    Murió de una forma que nadie quería describir con detalle.

    Solo decían que no parecía… natural. Que había algo mal. Muy mal.


    Después empezó contigo.

    Los primeros tres días no viste nada. Pero lo sentías.

    Ese peso en el ambiente. Esa sensación de no estar solo nunca. Sombras rápidas en el rabillo del ojo. Pasos en la noche. Golpes suaves en las paredes.

    Tus padres también empezaron a notarlo.

    Rezaban más.

    Encendían velas.

    Decían que la casa “no se sentía bien”.


    Esa noche no pudiste más.

    Te sentaste frente a la cruz en tu habitación.

    Tus manos temblaban.

    Tu respiración era rápida, irregular.

    Sentías el pecho apretado, como si algo estuviera sentado sobre ti.

    Cerraste los ojos. Y comenzaste a rezar.

    — "Padre nuestro que estás en los cielos…"

    Tu voz se quebraba.

    Las palabras se enredaban en tu garganta.

    Sentías que algo no te dejaba terminar.

    Como si cada sílaba le molestara.

    Como si no quisiera escucharte.

    Pero seguiste.

    Porque era lo único que sabías hacer.

    Y entonces lo escuchaste.

    Un ruido seco.

    Justo frente a ti.

    Abriste los ojos.

    Y la cruz… se había girado. Quedando de cabeza en la pared.

    No fue la única. Las otras también. Una por una.

    Como si algo invisible las hubiera tocado. Como si alguien estuviera ahí contigo.