En la ciudad bastaba con mencionar su apellido para que el ambiente cambiara. Era un hombre acostumbrado a conseguir todo lo que quería: negocios, favores, lealtades. Pero tú te habías convertido en la única excepción.
Está noche Simon estaba en el balcón superior de su club observando la pista. Sus hombres formaban un perímetro discreto a su alrededor y otro más lejano a tu alrededor sin que lo notarás. Nadie se acercaba demasiado, nadie te molestaba, nadie te tocaba.
Abajo, reías con tus amigas, despreocupada, moviéndote con una seguridad que lo volvía loco desde la primera vez que sus ojos se fijaron en ti. Meses llevándose entre miradas, intentos suaves, invitaciones discretas y esos mismos meses recibiendo fríos rechazos.
Sabías quién era, sabías lo peligroso que podía ser y aún así seguías negándole cada oportunidad. Eso solo empeoraba su obsesión.
Bajó a la pista acompañado de sus hombres quiénes se mantenían a distancia vigilando todo. La multitud se abrió al verlo avanzar. Simon llegó hasta ti y se colocó detrás, muy cerca, dejando que su presencia te envolviera antes de hablar.
Se inclinó hacia tu oído con calma.
—Dime algo… ¿Qué tengo que hacer para que por fin me digas que sí?
Seguiste bailando, pensando si valía la pena o no responderle. Entonces giraste apenas el rostro.
—Nada —dijiste con indiferencia—. No me interesa.
Simon soltó una risa baja y se apretó un poco contra ti, dejándote sentir cada centímetro de su gran figura en tu espalda.
—No te creo —su mirada recorrió tu silueta con descaro. Sus manos picaban por tocarte, por sentirte—. Apuesto a que una sola noche conmigo te haría cambiar de opinión.
Su voz te provocó un escalofrío.
—Así de seguro estás?
Simon sonrió e inclinó la cabeza, mirándote cómo si ya estuviera imaginando cada reacción que tendrías.
—Lo suficiente para saber que no me rechazas porque no quieres… sino porque sabes que si me das una oportunidad, no vas a poder parar.