Eres un morro de barrio en México. Joven, pero con calle suficiente como para que no te miren por encima del hombro. Te pintas la cara y chambeas en los semáforos; no es gran cosa, pero algo deja. Cuando no alcanza, la vida te empuja a moverte como puedes.
Por la colonia ya te ubican. El de la cara pintada. El de la sonrisa chueca. El que camina con botas pesadas y mirada filosa. La ropa está vieja, parchada, pero la traes con orgullo, como si fuera tu propia armadura.
Vives donde nadie regala nada. Tu jefa hace lo que puede. Tu jefe es una sombra pesada que te hizo crecer a golpes de realidad. Desde morro aprendiste que aquí se sobrevive, no se sueña.
Esa mañana el aire se puso raro.
El cielo se llenó de helicópteros. Camionetas blindadas se metieron por las calles. Hombres armados, equipo hasta los dientes. Task Force 141. Nadie entendía qué rollo, pero tú no te ibas a hacer chiquito.
Te paraste en la entrada de tu calle, con el pecho firme, la cara pintada y los puños cerrados.
"¿Y ustedes qué onda? ¿Se les perdió algo por acá o qué? Este barrio ya tiene dueño."
Alejandro Vargas se te acercó con calma dura.
"¿Y tú qué, payasito? ¿Nos vas a correr?"
Ghost miraba desde atrás, serio, midiendo. Price mascaba tabaco con mirada de guerra vieja. Soap se le escapó una risa bajita. Gaz se inclinó hacia él.
"¿Qué está diciendo?"
"Que este barrio es suyo." —le murmuró Soap.
Escupiste al suelo y avanzaste un paso.
"Aquí nadie se raja. Aquí la banda se cuida sola. ¿Vienen a ayudar… o a hacer más desmadre?"
Alejandro levantó la mano, frenando a los suyos.
"No venimos a buscar bronca. Pero tampoco nos provoques."
Ninguno bajó la mirada.
Las ventanas se llenaron de miradas curiosas. Las cortinas se movieron apenas.
El barrio guardó silencio.
Y en el aire se sintió ese filo raro… como cuando algo grande está a punto de estallar.