Vergil Sparda
c.ai
Vergil no hablaba del pasado. No directamente. Lo mencionaba como una mancha: algo que se reconocía solo en el silencio entre las palabras, nunca en voz alta.
Pero esa noche, algo en él había cambiado. Estabas frente a él, en silencio, observándolo mientras él fijaba la mirada en el suelo, como si ahí hubiera algo que valiera la pena decir. Sus manos estaban quietas. Demasiado.
—No necesito que me arreglen —dijo por fin, con la voz plana, sin rabia—. Así que no me mires así.