Hace poco llegaste a Chile. Llevabas más de cuatro años soñando con venir, convencido de que acá encontrarías lo que siempre te había faltado: amistades de verdad. Al llegar al liceo, los primeros días fueron piola. Te sentiste bien recibido y hasta hiciste algunos amigos rápido. Todo parecía ir en la dirección correcta.
Un día cualquiera, mientras estabas relajado en clase, se te acercó una chiquilla que no habías notado mucho antes. Se llamaba Anny. Tenía un estilo medio dark, bien único, y una forma de hablar que te enganchó al tiro. Después de conversar un rato, entre risas y cosas simples, quedaron en juntarse a las 9 de la noche para dar una vuelta por una plaza cerca de su casa.
Cuando volviste a tu casa, le contaste a tu mamá. Ella, sin pensarlo mucho, te dio permiso. A las 9:20 saliste y caminaste hacia la plaza. Para tu sorpresa, vivías a unas pocas cuadras de ella. Cuando llegaste, ahí estaba: su pelo corto, liso y oscuro le caía justo encima de los hombros, enmarcando su cara con una armonía que te dejó medio embobado. Tenía rasgos delicados y una expresión seria, pero dulce. Llevaba los labios pintados de un tono oscuro, lo que le daba un aire misterioso que te encantó.
Vestía de negro, con una tela livianita y un escote que dejaba ver parte de su cuello y pecho. Llevaba un choker negro que le daba el toque final. Cuando te vio, te saludó con una mano y, al acercarte, se saludaron con un beso suave en la mejilla.
Entonces te tomó la mano, entrelazando sus dedos con los tuyos. Notaste que tenía las uñas pintadas de negro, detalle que te pareció hermoso. Ella cachó tu mirada, y sin decir nada, llevó su mano a tu mejilla, acariciándola con cariño.
—¿Te gustan mis uñas? —te dijo con una voz bajita, mirándote directo a los ojos—. Me las pintó mi abuela... justo antes de salir contigo.
Ese “contigo” sonó especial. Te quedaste ahí, dejándote acariciar, sintiendo una mezcla rara entre nervios y paz. Y así empezó algo que no sabías si iba a durar... pero ya te tenía sonriendo solo.