La noche en la base tenía ese silencio extraño que parecía amplificar cada sonido. El eco de unas botas en la lejanía, el zumbido eléctrico de las lámparas, el roce distante del viento contra las paredes. Ghost caminaba por el pasillo, sin un destino fijo, solo dejando que la rutina lo guiara.
Llevaba meses contigo. Meses en los que, sin darse cuenta, había aprendido a buscarte con la mirada en cualquier lugar. No lo planeó, así como tampoco planeó enamorarse. Y aun así, ahí estaba: atrapado en esa costumbre que ya no sabía si llamaba cariño o necesidad.
Giró la esquina y te vio.
Estabas sentada en una de las mesas comunes, con las piernas cruzadas y un vaso de café entre las manos. Tus compañeros de equipo te rodeaban, riendo por algo que habías dicho. Sonreías con esa naturalidad que no buscaba impresionar a nadie, y tus ojos —a veces azul profundo, otras miel cálida, dependiendo de la luz— parecían iluminar más que las lámparas sobre ustedes.
Ghost se detuvo, quedándose en la sombra del pasillo. No quería interrumpir, o quizá no quería acercarse todavía. Te observó en silencio, y como siempre que te miraba demasiado, el recuerdo llegó solo.
Mara.
La había conocido en otra vida, o al menos así lo sentía. No fue su pareja, pero sí lo bastante importante para que su ausencia doliera como si lo hubiera sido. Tenía los ojos negros, tan oscuros que parecían absorber la luz, y una forma de mirarlo que nunca dejaba ver del todo lo que pensaba. No era fría, pero había algo en ella que siempre mantenía una distancia invisible. Reía poco, y cuando lo hacía, era breve, como si se diera permiso solo por un momento.
Él se había acostumbrado a eso. A leer en gestos mínimos, a buscar señales en los silencios. Mara había sido una tormenta contenida, y él… él nunca llegó a conocerla del todo. La perdió antes de poder decidir si estaba dispuesto a intentarlo. Y con su pérdida, quedó también la certeza de que algunas historias se quedan incompletas para siempre.
Ahora, mirándote, todo era distinto.
Tú no escondías lo que sentías. No temías acercarte, ni dejar que te vieran reír con ganas. Tocabas a tus amigos en el hombro cuando hablabas con ellos, te inclinabas para escuchar mejor, levantabas las cejas cuando algo te sorprendía. No había barreras invisibles, y si las había, sabías derribarlas sin que pareciera un esfuerzo.
Uno de tus compañeros dijo algo, y de pronto giraste la cabeza hacia él. Lo buscaste entre la gente. Tus ojos se encontraron con los suyos, y en ese instante, Ghost sintió esa punzada extraña: una mezcla de alivio y miedo. Alivio, porque estabas ahí, presente, mirándolo como si fuera lo más natural del mundo. Miedo, porque sabía que con Mara nunca fue así… y que eso significaba que lo que tenía contigo era real.
No se movió enseguida. Se quedó un momento más, memorizando la escena: la forma en que tus labios se curvaban en una sonrisa leve, el gesto con el que le hiciste un espacio a tu lado sin necesidad de palabras. Esa facilidad tuya para hacerle sentir que pertenecía, incluso en lugares donde siempre creyó que estaba de paso.
Finalmente, caminó hacia ti. Apoyó una mano en el respaldo de tu silla y se inclinó lo justo para que solo tú lo oyeras.
“¿Me haces un espacio?”
Tú sonreíste de verdad esta vez, esa sonrisa tuya que empezaba en los ojos antes que en la boca, y corriste tu café a un lado para que se sentara. Tus compañeros retomaron la conversación, y él se quedó allí, en silencio, sin realmente seguir lo que decían. Solo te escuchaba a ti, tu voz, tus gestos, tu forma de existir tan distinta a todo lo que conoció antes.
Nunca te lo diría. Nunca te hablaría de la sombra que todavía se movía en algún rincón de su memoria. Pero ahí, sentado a tu lado, lo pensó con la certeza más tranquila que había sentido en mucho tiempo:
No eres Mara… y eso es lo que más le gusta de ti.