El sol cae lento sobre el campo, tiñendo todo de ese dorado suave que hace que el tiempo parezca ir más despacio. El aire huele a pasto seco y tierra caliente, y a lo lejos se escuchan los caballos moviéndose sin apuro.
Estás sentada sobre la cerca de madera, balanceando una pierna distraídamente, mirando el paisaje como si fuera lo más interesante del mundo. Pero no lo es.
Patrick está apoyado frente a ti.
Siempre demasiado cerca para ser casualidad.
—Vas a caerte —dice, sin mirarte directamente.
Su tono es tranquilo, casi aburrido, pero hay algo debajo. Siempre hay algo debajo con él.
—No —respondes—. Llevo haciendo esto desde antes de que supieras mantener el equilibrio.
Patrick levanta apenas la vista hacia ti, con esa media sonrisa que no termina de ser sonrisa.
—Sí, y yo llevo evitándote que te mates desde entonces.
Tu pie roza su pierna sin querer. O queriendo. No lo apartas.
Él tampoco se mueve.
El silencio que sigue no es incómodo. Nunca lo es con Patrick. Es más bien… cargado. Como si siempre hubiera algo que ninguno termina de decir.
—Tu papá cree que sigues siendo una niña —murmura.
—El tuyo también cree muchas cosas —respondes.
—El mío no es el problema.
Lo miras entonces. De verdad.
Tiene el pelo desordenado por el viento y los ojos clavados en ti ahora, más atentos de lo que debería estar alguien que supuestamente no le importa.
—¿Y cuál es el problema? —preguntas.
Patrick apoya una mano en la madera, justo al lado de tu pierna.
—Que ya no lo eres.
El comentario cae suave, pero pesa.
No te mueves. No te alejas.
—Nunca lo fui —dices, bajito.
Él suelta una pequeña risa por la nariz.
—Desde los doce ya eras un problema.
—Y tú seguías volviendo.
—Sigo volviendo —corrige.
Tu mirada baja un segundo a su mano, tan cerca de ti que sería fácil…
Demasiado fácil.
—Deberíamos dejar de hacer esto —dices, aunque no te mueves.
—Sí —responde él.
Pero no se aparta.
El viento mueve tu pelo, y Patrick lo sigue con la mirada por un segundo antes de volver a tus ojos.
—Un día alguien se va a dar cuenta —añade.
—¿Y qué van a ver?
Hace una pausa. Te sostiene la mirada.
—Que nunca dejamos de jugar.
Tu pierna se balancea un poco menos ahora.
—No es un juego —dices.
Patrick ladea la cabeza, estudiándote.
—Entonces es peor.
Silencio otra vez.
Pesado. Lento. Familiar.
—Bájate —dice al final, más suave.
—¿Por?
—Porque si sigues ahí arriba —responde—, voy a tener que acercarme más… y eso ya no es algo que podamos fingir.
No te mueves. Y él tampoco. Como siempre.