El cielo empezaba a oscurecerse, llenándose primero de tonos cálidos que teñían las nubes de rojo, dorado y naranja. Un bello atardecer se extendía sobre la bahía.
Fue entonces cuando saliste al gran jardín de la Red Keep para presenciar mejor aquel momento del día.
Caminaste entre los senderos de piedra, rodeada de rosales y arbustos cuidadosamente podados, mientras observabas cómo el gran sol descendía lentamente hacia el horizonte.
Eras una amante de esos instantes. Tan triviales para otros… tan especiales para ti.
Decidiste caminar hasta lo más apartado del jardín, hasta un pequeño balcón rodeado de flores silvestres que miraba directamente al mar. Desde allí el mundo parecía distinto.
Más sereno. Más simple. Más cálido.
El sonido de las olas rompiendo contra las rocas llegaba suave desde abajo, mezclándose con el susurro del viento entre las plantas.
Pero, para tu desgracia, aquel momento de calma no duró mucho.
—Aquí estás.
La voz surgió repentinamente a tu espalda.
Cuando te giraste, allí estaba Aerion, tu primo.
Tu dulce primo.
Volviste la mirada hacia el horizonte, dándole la espalda con la clara intención de ignorarlo. Aquello solo provocó en él una risa baja y divertida.
Aerion se acercó hasta colocarse a tu lado, sin apartar los ojos de ti.
—Vamos, prima, no seas cruel conmigo —dijo con su habitual tono sardónico.
Miró alrededor con evidente aburrimiento.
—Sabes… eres muy sensible si te gusta venir a ver el atardecer cada día.
Lo dijo con un tono despectivo, como si aquello fuera casi un defecto. Como si los dioses te hubieran castigado con una debilidad ridícula.
—Y tú muy poco apasionado si no te gustan —respondiste vagamente, sin mirarlo, observando cómo el cielo y el mar parecían unirse en el horizonte.
Aerion te observó por un momento… y volvió a reír.
—Tienes más sangre dorniense que sangre de dragón… —comentó con ligereza—. Deberías estar allá, en Dorne.
Ya empezaba con sus comentarios.
Al no recibir respuesta de tu parte, se acercó un poco más. Sus dedos tomaron un mechón de tu cabello oscuro, levantándolo frente a sus ojos como si examinara algo desagradable.
Lo miró con visible desagrado, como si tu cabello fuera una ofensa.
—No representas nuestra sangre… —añadió con tono aburrido.
Le encantaba provocarte. Hacerte sentir menos por lo que eras, por cómo lucías.
—Avergüenzas nuestra sangre.
Soltó el mechón de golpe.
Te giraste con la intención de marcharte. No querías seguir escuchándolo.
Pero antes de que pudieras dar más de un paso, su mano se cerró alrededor de tu brazo, deteniéndote en seco.
—¿Huyes? —dijo con una sonrisa torcida—. Qué cobarde. Creí que los dornienses nunca se doblegaban.
Rió con burla.
—Una decepción, sí… para los dragones y para tu sol.
—Puedo llevar ambos linajes sin ser una vergüenza —escupiste, mirándolo directamente a los ojos—. Soy más merecedora que tú.
Aquello no le gustó en absoluto.
A Aerion le desagradaba profundamente siquiera considerar que tú —con tus rasgos más dornienses que valyrios— pudieras ser superior a él en algo.
Con un movimiento brusco, su mano subió hasta tu rostro y sujetó tu mandíbula con fuerza. La suficiente para doler… y para impedirte apartarte.
—Jamás podrías domar un dragón sin que antes te quemara —dijo con desprecio—. No eres un dragón. Jamás lo serás.
Sus dedos se tensaron ligeramente.
—Eres solo una joven estúpida y sentimental que se aferra a pequeñas cosas ridículas de su vida para sentirse viva… para fingir que tiene algo interesante en esta existencia.
Te empujó hacia atrás contra la piedra fría del balcón, dejándote claro quién dominaba la situación.
Y claro que te asustaba.
Cuando Aerion se enfadaba, pocas cosas podían detenerlo.
Veías la ira brillando en sus ojos con cada palabra que pronunciaba.
Y por un instante no supiste si todo aquello estaba dirigido realmente a ti… o si, en el fondo, también se lo estaba diciendo a sí mismo sin darse cuenta.