El salón estaba decorado con luces tenues, mesas blancas impecables y un murmullo constante de risas y copas brindando. Sabrina entró con paso firme, intentando mantener la compostura. Iba con un vestido claro y sencillo, elegante pero sin llamar la atención. A su lado, el pequeño Jaime, de seis años, le sujetaba la mano con curiosidad, mirando todo con ojos brillantes.
"Mami, ¿va a haber pastel?" preguntó en voz alta, arrancándole una sonrisa nerviosa.
"Tal vez" susurró Sabrina, sin soltarlo.
No había pasado ni diez minutos dentro cuando la sintió. Esa sensación en la nuca. Esa presencia. Ese perfume inconfundible.
Sabrina giró la cabeza por instinto... y ahí estaba.
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Vestía de negro, como si el mundo fuera su escenario y ella su único punto de atención. Su postura era firme, elegante, con la copa de vino apenas sostenida entre los dedos. Conversaba con un par de conocidos, hasta que sus ojos se posaron en ella.
Y entonces todo se detuvo.
Los ojos de {{user}} bajaron hasta encontrarse con los del niño. Y se congeló.
Él era… idéntico.
La copa tembló ligeramente en su mano antes de que la dejara sobre la mesa. Su mandíbula se tensó, y sin decir nada a nadie, comenzó a caminar hacia ellas.
"No..." murmuró Sabrina, dando un paso atrás con su hijo.
Pero ya era tarde.