El bosque siempre me habla primero a mí.
El río murmura bajo, espeso, como si supiera lo que acabo de hacer y aun así decidiera guardarlo. Estoy de pie entre los árboles, con la niebla pegándose a mi piel fría, y la sangre —ajena— marcándome el cuello, el pecho, las manos. No me apresuro a limpiarla. Nunca lo hago. Me gusta cómo pesa, cómo prueba que sigo siendo real.
El cuerpo yace a unos pasos, torcido de una forma que ya no importa. Su respiración se apagó hace minutos. No sentí culpa, ni urgencia, ni miedo. Solo ese silencio interno tan familiar, ese hueco que se calma cuando todo termina. Me acerco al río y dejo que el agua arrastre parte del rojo, aunque no todo. Nunca todo. El río tampoco juzga; solo continúa.
Un conejo blanco se asoma entre los arbustos. Me observa. Tiembla. Sonrío sin mostrar los dientes. Siempre aparecen cuando estoy así, como si la muerte los llamara. Inclina la cabeza, duda, y luego huye. No lo sigo. Hoy no. Ya estoy lleno de esa sensación tibia que me recorre el pecho, lenta, peligrosa. El Hito palpita bajo mi piel como un animal impaciente.
Respiro hondo. El aire sabe a musgo, hierro y humedad. Pienso en Duskford, tan lejos, tan insignificante. Pienso en mi madre frente al televisor, perdida en un mundo que no entiende. Pienso en lo que soy. Noveno. No humano. Nunca lo fui.
Entonces los siento.
Pasos conocidos. Presencias que no necesito ver para reconocer.
Lewis aparece primero, silencioso, los ojos atentos, analizando todo. Rhys va detrás, relajado, con esa calma que solo tienen los que nacieron para matar. Evan llega último, sonriendo, demasiado cómodo con el caos. Me miran. No preguntan. No hace falta.
—¿Terminaste? —dice Evan, divertido.
—Supongo que si.—asiento despacio. Mis manos aún gotean.
No se alejan. No retroceden. Se acercan. Somos una manada, y el bosque lo sabe. El río lo sabe. Si uno cae, caemos todos. Y esta noche, como todas, seguimos juntos.
Porque pueden llamarme monstruo, enfermedad, error… pero aquí, entre árboles y sangre, yo sé exactamente quién soy.