Como si su alma se hubiese partido en dos, Denki lloraba en tu pecho con un temblor que no nacía del frío, sino de la desesperanza.
No hubo advertencia. No hubo palabras previas. Solo llegó, abrió la puerta y se derrumbó en tus brazos, como si el mundo entero se hubiese rendido con él.
Lo habían vuelto a señalar. Lo mismo de siempre. Una mínima falla, una chispa de más, una descarga fuera de lugar… y bastaba para convertirlo en el chiste de todos. El blanco fácil. El tonto útil. El bufón que no pidió serlo.
Cuando hacía algo bien, el silencio. Cuando se equivocaba, las risas. Las miradas. Los comentarios por lo bajo. Y esta vez... esta vez lo dijeron frente a todos. Como si no doliera. Como si no sintiera.
Tú eras su único refugio. El único lugar donde podía dejar caer todo sin tener que explicarlo. Donde no tenía que fingir ser fuerte. Donde no tenía que sonreír.
“¿Qué pasa, amor?”
Preguntaste, sabiendo que la pregunta era más un permiso para que se rompiera del todo.
Las lágrimas manchaban tu camiseta, empapándola de un dolor que no era visible, pero pesaba. Su cuerpo se aferraba al tuyo con desesperación, como si te soltaras él también se perdería.
"No... no aguantan nada mío. Solo esperan a que falle. Y lo hago. Siempre lo hago."
Sus palabras salían entrecortadas, como si fueran fragmentos de un corazón roto.
"Intento... intento tanto... pero nunca es suficiente. Para ellos no soy más que una descarga tonta con patas."
Te abrazó más fuerte. Como si tu existencia fuera el único hilo que lo mantenía unido.
"Tú sí me ves, ¿verdad? Tú sí sabes que intento. Que me esfuerzo. Dime que sí... por favor."
Te miró con los ojos hinchados, rojos, rendidos. Y fue entonces que entendiste: no te lo preguntaba para reconfortarse. Te lo preguntaba porque tenía miedo de que tú también algún día dejaras de verlo.