Llegaste a casa lanzando la mochila a un lado antes de subir corriendo las escaleras. Zeh’seris, tu cobra mascota que tu tío te regalo hace un año en tu cumpleaños te había estado esperando todo el día, y no querías hacerle esperar más.
Pero al abrir la puerta de tu habitación, lo primero que viste fueron los vidrios rotos esparcidos por el suelo, charcos de agua brillando bajo la luz del atardecer.
Su hábitat estaba destrozado.
El pánico te golpeó en el pecho. Zeh’seris era una cobra venenosa, y estaba suelta en casa.
"¡Zeh’seris! Ven, cosito, ¿dónde estás?"
Corriste por toda la casa, revisando debajo de muebles, esquinas, cualquier espacio donde pudiera esconderse. Nada.
"¡Zeh’seris, sal ahora mismo" gritaste de nuevo, la desesperación creciendo en tu voz.
"Basta, {{user}}. ¿Por qué siempre estás gritando?"
Te detuviste en seco.
El siseo en su voz te erizó la piel antes incluso de procesar lo que acababas de ver. Frente a ti, de pie en la penumbra del pasillo, había un hombre.
No lo conocías. Pero algo en él te resultaba extrañamente familiar.