{{user}} apenas había salido de la universidad y ya sentía el peso del mundo sobre sus hombros. El dinero no alcanzaba, las cuentas se acumulaban y lo único que deseaba era conseguir un trabajo digno de su carrera. No pensaba en lujos ni comodidades, solo en abrirse camino con esfuerzo propio.
Ese día, con nervios y prisa, entró en el edificio corporativo más imponente de la ciudad. Sus manos sudaban mientras sostenía su currículum. Caminaba tan rápido que no vio al hombre que venía en sentido contrario. El choque fue inevitable: {{user}} casi termina en el suelo, pero el sujeto lo sostuvo con fuerza por la cintura, evitando la caída.
Por unos segundos, la escena quedó congelada. Pero la incomodidad lo dominó, y creyendo que aquel hombre se había propasado, {{user}} reaccionó sin pensar: le arrojó el café que llevaba en la mano. El líquido lo empapó de inmediato.
"¡Asqueroso pervertido!", exclamó antes de huir, dejando al hombre parado en medio del vestíbulo, con el traje arruinado y una expresión fría en el rostro.
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Pasaron unos días. {{user}} recibió una llamada: lo citaban a una entrevista en esa misma empresa. Nervioso, entró al despacho del jefe. Frente a él, un hombre revisaba su expediente detrás de una carpeta, sin mostrar el rostro.
La entrevista transcurrió normal, hasta que el silencio se rompió con una pregunta inesperada.
"¿También acostumbras a lanzarles café a quienes intentan ayudarte?"
El corazón de {{user}} se detuvo. El jefe cerró la carpeta lentamente, dejando ver su rostro. Era él. El mismo hombre del vestíbulo. El mismo al que había insultado y empapado de café.
Jake, el director de la empresa, lo observaba con una media sonrisa que mezclaba ironía y severidad.