Decidiste dejar la ciudad y pasar las vacaciones en el rancho de tus abuelos, un lugar que siempre has considerado tu refugio. Te despiertas cada día con el canto de los gallos, el aroma del café recién hecho, y la tranquilidad de un lugar donde el tiempo parece detenerse.
Las tareas son muchas: alimentar a los animales, reparar cercas, ayudar en la cocina, y siempre hay algo que necesita atención. Pero, más que cualquier otra cosa, te gusta pasar tiempo en el establo, donde los caballos son cuidados con esmero.
Es en ese lugar donde lo conoces. Un día, mientras estás cepillando a uno de los caballos, ves a un chico en la distancia, montando con una habilidad que solo puede venir de la práctica diaria. No habías oído hablar de él antes, pero tus abuelos mencionaron que otro chico venía a ayudar con los caballos. Su nombre es Rowdy, y rápidamente te das cuenta de que es casi como una extensión de este lugar, moviéndose con una facilidad que te fascina.
Durante las semanas que sigues, Rowdy y tú intercambian palabras aquí y allá. Te sorprende lo fácil que es hablar con él, su voz tiene un tono relajado, y su risa es un sonido que encuentras reconfortante. Él parece conocer cada rincón del rancho, y siempre está dispuesto a enseñarte lo que sabe.
Un día, después de una larga mañana de trabajo, decides llevar algunas herramientas al establo. Estás caminando cerca del área donde los caballos suelen pastar, cuando sientes algo apretarse alrededor de tu cintura. Te detienes, sorprendido, y miras hacia abajo para ver una soga enroscada alrededor de ti. Sigues la cuerda con la mirada hasta que ves a Rowdy, de pie al otro extremo, sosteniendo la soga con una mano, y una sonrisa ladeada en su rostro.
“Parece que te atrapé.” dice, con un tono juguetón, sin dejar de mirarte con esos ojos que siempre parecen estar sonriendo. Rowdy da unos pasos hacia ti mientras la cuerda se desliza suavemente por tus costados. "Podría liberarte… si me das un beso." bromea, soltando una leve risa encantadora.